jueves, 30 de diciembre de 2010

Tradición

Antes de las doce de la noche, deben tenerse preparados los siguientes elementos:

Tus manos (Mis manos)
Tu boca (Mis labios)
Mis brazos (Los tuyos)
Mi pecho
Mis ojos (Tus ojos)
Un puñado de palabras
Suficiente luz
Aire

A continuación se deben juntar mis manos con las tuyas y revolver bien hasta que espese la mezcla. Con esta base se juntan a fuego lento los brazos hasta que la distancia no permita que se escape la voz.

En otro lugar, toma la silueta de tu figura de mis ojos, retira la mía de los tuyos y déjalas bailando sobre mi pecho, hasta que se te humedezcan los labios y sonrías.

Mírame, entrégame ese puñado de palabras que contiene la exacta y necesaria proporción de mis suspiros y sóplalo cerca de mí. Déjame contener el aliento un par de segundos, quedarme callado mientras un año desaparece y lo guardamos en la gaveta de cuando ayer era pasado mañana.

Agrega besos al gusto, acaricia bien mi rostro y estira tus sueños hasta donde estoy. Retira el seguro y lánzate hacia donde nuestros años de más, nos esperan.

Oración para todos los días


Benignísimo Amor de infinita hondura, que tanto brota de sus hombros, que alimenta mi deseo en cada prenda que nos roza, retira mis miedos de las vírgenes entrañas de la entrega, dame su saliva para mi salud y remedio.
Yo, en nombre de las células que me componen y me inventan, os doy infinitas gracias por tan soberano beneficio.
En retorno de él os ofrezco las palabras, los vacíos, y demás virtudes de vuestro suspiros humanados, suplicándoos por sus alcances, sus consecuencias, por las posibles incomodidades con que la abrazo, por las tercas lágrimas que derrama en los intersticios de la sonrisa; que dispongáis mi corazón con humildad profunda, con impermeables y hálitos, con total desprecio de todo lo terreno, para que este beso recurrente, recién nacido, tenga en sus labios la cuna y more eternamente.
Amén

viernes, 10 de diciembre de 2010

...

Tus lágrimas. Nada me duele tanto como tus lágrimas. Tus heridas que tienen la forma de mis manos, ahora beso, cuido, aliviano. Tus heridas se trazan en mí, son mías ahora, acariciándote te las arrebato, y ya son cicatriz imperfecta, fibra viva, expuesta, llena de latidos, de peso.

Tus ojos, hermosa, no fueron hechos para ese dolor. Tu boca, diseñada para sonreír, para retener mis besos, para suspiros, para palabras dulces, tendría que desconocer el sabor del 85% de agua, la glucosa, la albúmina, la globulina, la lisozima, el sodio y el potasio, juntos en esa bolsita barrigona que se te deja ir entre la boca.

Te amo de una manera única. Infinita. Puntual, decidida, extensa. Te quiero amar y amo amarte hasta el momento en que empiezo a amarte más. Soy más que repetidamente imperfecto, más que defectuoso.

Así, jamás me imaginé diciendo para siempre. Soñando para siempre. Pensando en estar junto a alguien más allá del siempre, en el no-empre, en el después, en el mientras, en los rastros de fuego del tiempo imposible.

Pero si, aquí estoy, parado frente a ti con mi amasijo de torpezas y mi archivo de dolores por desarmar. Tengo un plan extendido frente a ti, en el que detallo cada manera de amarte desde hoy hasta ayer y te envuelvo con el para arroparte del frío.

Vida mía, vida mía, vida mía. Nada en mí me pertenece, más allá del deseo de ti, las ganas de ti, la necesidad de ti.

Quiero reparar mis esquinas peligrosas, los baches en que mis gestos tropiezan, los accidentes que pueblan mis vías. Quiero allanar el terreno donde tu piel se desliza y recostarte tranquila en mis bordes irregulares, previamente protegidos con sudor del algodón.    

viernes, 3 de diciembre de 2010

Cumpleaños

No se puede llegar tarde a la cita. Que conveniente. Cada 365 días (aproximadamente) se tienen que aumentar el número de velitas en el ponqué, esforzar de más la voz para pronunciar la edad y cambiar el garabato en los papeles, los certificados, las solicitudes.
Desde hoy, cuando te pregunten cuántos años tienes, te equivocarás un par de veces. Será difícil acostumbrarse a que es uno más, encima de otro, y que durante un año la rutina se transforma.
Estoy a tu lado. Te puedo mirar de cerca y decirte feliz cumpleaños. Susurrarte, feliz cumpleaños. Escribirlo en un papelito que encontrarás. Desear que tengas un bonito día y hacer cosas para que eso suceda.
Es maravilloso. Es egoísta. Es egoísta lo que estoy a punto de decirte.
Hoy descubrí en mí una felicidad inadecuada.
Es decir, claro, te amo, me haces feliz, cumples años, recibes muestras de cariño durante todo el día, mensajes, llamadas, abrazos, besos. Hasta cierto punto está bien que esté feliz porque te quieren, porque muchos saben lo especial que eres y hoy te lo recuerdan. Y yo tengo un lugar especial.
Pero la alegría va más allá. Hoy estoy feliz por mí. No solo porque estoy contigo hoy y te puedo decir un millón de veces, feliz cumpleaños. No, no solo por eso. Hoy tengo que agradecerte. Me has ayudado a saber que hoy celebro el día más importante de mi vida. El día en que mi vida sin saberlo, desde antes de ser, sonrió.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Aguja

Demasiado estrecho el punto mínimo donde logro tocarte. Quisiera además de acariciarte, deslizar las manos por el calor que produces cuando te ruborizas. Acariciar tu ombligo y percibir la manera en que tus músculos se tensan y tus órganos se comprimen cuando te arqueas.

Besarte la boca y rozarte con la boca los sueños, abrazarte en cualquier día en que hayas tenido miedo, hacerte reír cuando el pasado o mi ausencia te hubiesen encontrado triste.

Tu regazo, la punta de mis dedos, un olor a caliente y el viento que se cuida de soplar sin molestar. Un libro o un café. Una sonrisa que esboza la vida que se quiere recorrer, formando un mapa con los labios y el roce entre nuestros antebrazos.

Al fondo, tu piel dormida. Un detalle en alto contraste de mi boca feliz sobre tu espalda que canta. Natural, una hoja, un reguero de tinta que se desliza e intenta dibujarte.

Quisiera que una palabra que te diera fuera siempre una historia nueva que camina con las tuyas y se siente bien con tu voz de paisaje.

Mi rostro, mis manos, mi lugar en tu memoria. Anclarlos al día por venir, dejar que la marea de tus días los transforme, los cuide, los conforte. Deseo siempre un día con vos que sea la vida, un instante de silencio que nos inunde el aliento y el ruido del placer.

Partir entonces de ese espacio ligero, de esa punta de aguja y posarme en ti como un momentáneo accidente. Entrar en ti e inundarte, llenarte, nutrirte, despertarte. Que con algo de miedo me abras las puertas de tu soledad mientras yo con algo de sigilo dejo mis maletas con las tuyas y me leo invitado a pasar, en tus ojos.

Soy entonces un punto que juega a volverse las líneas de tus manos. Pienso en formar un agujero circular entre tus poros que logre ajustarse entre tus gestos, pasar a cenar, decir buenos días, buenas noches. Pretendo ser una pequeña herida, que cuides, sanes, que dejes cicatrizar sin dolor en tu piel y que se quede ahí a posarse en tu infinito.

Zurcir lo cóncavo a lo convexo, dejarte escoger el color del hilo, cambiar el día en que se fue más feliz. Así, cada vez, con cada parte, con cada punto, cada roce. No saber que día es de noche, que noche es de día. Saber solo que se superponen, se trazan, se siguen, se enlazan.

…Un diámetro mínimo donde concentro mis ganas, por donde me lanzo a buscarte el abismo, el fondo; un vector que se quiere quedar a intensificar y medir tu para siempre.

jueves, 14 de octubre de 2010

Ella

Su nombre es mi lema y sabe escribir el amor con letra fina.
De vez en cuando no sonríe y a veces huye. Sabe como encerrar un gato y hacer parejas de Mahjong.
Es irresistible el suspiro y la contracción al oírla leer e imposible no extasiarse cuándo se le lee.
Leerla verticalmente, sobre una pantalla o un papel es encontrarse con una voz que dobla los renglones y construye espirales y túneles por los que se dejan ir los ojos en caída libre.
Sus ojos. Sus ojos son esferas de luz que terminaron posándose entre sus párpados y que muchas veces me han indicado el camino en la oscuridad.
Me gustan sólo los silencios donde está y los días donde resueltamente hace algo para enamorarme más.
Leerla verticalmente es extasiarse, humedecerse, gozarse. Nunca ha sido tan feliz mi cuerpo como cuando ella lo toca y lo seduce. Me encantan sus ojos fijos cuando paso mis dedos por sus páginas y me invento las historias de cada capítulo de su piel. Suelo perderme en su espalda, perseguirme en sus ojos, dormirme en sus nalgas, treparme en sus piernas, encontrarme en su pecho, volar en sus labios. Sé que le gusta el sabor ácido y The Clash. Que no confiesa en público cuánto le gusta Alex Syntek y que su voz se vuelve más aguda cuando me susurra.
Su lugar es mi hogar y tiene en sus hombros un tatuaje constante de mis labios. Sabe describir enlaces, polímeros y gemir en la oscuridad o en la luz.
Le gusta la tristeza y la sonríe, cuando a tientas se encuentra con Alejandra o Silvina. Se entrega sin límites y me ofrece sus manos en la marcha, en el sueño, en la caída.
Huele bien y suda solo en mis brazos, cuando me entrega su calor y sus lágrimas de placer.
A veces no entiendo como pude vivir sin ella y conservarme tan tranquilo. Parte de mí la recuerda desde antes de siempre y la otra está segura de suspirarla más allá del infinito.
Cómo me gusta su pelo, cómo disfruto su lengua, cómo me encuentran sus palabras... creo que ya mi vida es su conquista inevitable...

Descubrir

Hace apenas unos días que el viento la está modificando. Una gigantesca montaña de arena que nunca tuvo nombre particular y a la que nos habíamos acostumbrado se está despedazando en frente de nosotros, devastada por fuertes y extraños vientos que no conocíamos. Algunos viejos se arrepienten ahora de no haberle puesto un nombre que la hiciera Una; hace años, cuando creían que esa formación que habían encontrado al talar el Bosque, desaparecería tras un par de noches. Siempre estaban esperando un amanecer en el que el paisaje no estuviera invadido por ese bulto de arena olvidado y cada mañana se encontraban con su estar incólume y despreocupado.
Cuando se veían tentados a nombrarla tenían largas y airadas discusiones sobre la inminente desaparición de la montaña de arena y se convencían a sí mismos de que esa misma semana había comenzado a deshacerse. Con el tiempo notaban que nada pasaba y terminaban por acostumbrarse a ella, dejándola desaparecer en el uniforme dibujo de la rutina, que hacía que aún las casas desaparecieran en compañía de todas las cosas que no cambiaban. Nunca siquiera inventaron historias, ni se propusieron especular sobre sus orígenes y su importancia. Nunca fue un elemento que destacaran en las visitas de turistas o curiosos –pese al asombro inicial- y lograban desviar la atención hacia el primer ladrillo del pueblo, conservado en un promontorio de cemento, casi en el centro de la Plaza principal.
Secretamente, todos se preguntaban si ocultaba algo o jugaban con esas historias falsas e incompletas que sin muchas ganas habían surgido de algunos nefelibatas que no habían encontrado qué hacer en cualquier tarde. Realmente nunca había existido esa gigantesca prominencia del piso, estaba ahí como un papel blanco encima de una pared blanca, invisible, sin notarse, silenciosa y a la vez tumultosa en medio de la nada que era ella misma.
Poco a poco su tamaño disminuía y cada mañana nos sorprendíamos más y nos parecía más visible. Muchos expresaban su deseo de hacer algo por la montaña pero ya nada tiene sentido. Otros ocupaban el día mirando la brisa alcalina y preguntándose si la montaña ocultaba algo, si cuando la arena desapareciera completamente se encontrarían con un tesoro escondido, los huesos de los primeros pobladores, un avión caído -del bando derrotado-, un alfiler oxidado, una colección de zapatos, una casa, un hueco.
El pueblo jamás había estado tan silencioso. Ni siquiera cuando se fue la luz durante dos meses y esa oscuridad, ese silencio de la luz, nos obligaba a todos al mutismo. Ahora, una cierta tristeza, una disimulada nostalgia gobernaba todos los rostros. Pasan los días, el aniversario del ladrillo, las fiestas del Árbol gigantesco, la época de navidad y nadie celebra. Todos se sienten desautorizados para sonreír por una inconsciente orden de la montaña.
...Ya el paisaje ha cambiado. Queda muy poco de la gigantesca sombra. Todos estamos al frente de los últimos granos que se dispersan. Algunos guardan un poco en tarros de vidrio que en unos días lucirán encima de las chimeneas o en las mesas de al lado de la escalera. Ya todos sabemos qué cubría, qué guardaba. Este silencio cómplice nos delata. Ya le damos la espalda, caminamos hacia el quicio de las puertas. Nos despedimos amablemente alzando las cejas, levantando la cabeza, agitando las manos. Todas las puertas se cierran. No hay nadie afuera.

martes, 17 de agosto de 2010

Peristalsis

Y todo sigue así, ya ves. Uno, dos pasos y el dolor y las lágrimas que emergen como un roto invisible, ocultado por el vaho de la niebla, el estertor de no sé qué oscuridad temporal y el ciclo de las coincidencias. Nada ha podido ser distinto desde que nos entregamos al discurrir inconsciente de los días sin espera que se amontonan, uno sobre otro, dejándole pequeños espacios al frío y la espesura del aire.
Creo que ha pasado poco tiempo y las horas subjetivas parecen ya un empaque amalgamado de sueños que se han vuelto asfalto. No podría hablar del optimismo ni de las expectativas ni del invierno lacerado que precedía el amanecer. Nos hemos convertido en un suspiro común de esos niños que éramos cuando no sabíamos que era el amor. Nos hemos enfrentado al silencio que seremos cuando las palabras nos dejen sin habla.
Ahora que sabemos que nada va y el tiempo. Ahora que seguro nada pasa y tierra. Ahora que de vez en cuando. Ahora que encuentro y amígdala. Ahora que chapuzón y gloria. Ahora que lirón y estiércol.
No podría devanar el asunto. Decirte, mirá las cosas son así, o así debieron ser, o que bueno es el aroma de la mañana. Ha pasado ya el momento de la teleología y la medición. Si hemos fracasado en el intento, hemos sabido acuñarnos al error del abismo y atarnos a esa tierna espesura del final que es el principio y es cada minuto muerto que no conocemos.
Unas veces es mejor que la marea baje y sea posible cruzar del uno al otro, sin dificultades. En otras, se debate en cada paso la vida y la quietud cuando se va del otro al uno, en medio de esa alargada sonrisa que es el deseo. Siempre será bueno enfrentarse al encuentro sin saberse seguro y no dejar que claudique la dirección de los brazos.
Por ahora, punto. Seguido.

Carta encontrada al fondo de un baúl

Mi muy estimada señora

Bien he sabido que se encuentra usted inconforme con mis envíos y que por tanto, ha recibido con cierto desgano mis últimos paquetes. También he sido informado de la razón que sustenta tal proceder y no puedo más que ofrecerle mil disculpas por la mella que esto pueda causar en su parecer sobre mis acciones.
En realidad deseo, a través de esta misiva, intentar explicar el por qué de los objetos enviados y algunas mínimas pistas sobre su sentido. Además de excusarme por no lograr acuñar la silueta y materia del objeto, apenas escucho su voz.
Cuando hube de embarcarme en esta atribulada misión de dedicarle ese espacio exclusivo en la oficina postal, para que así usted pudiera sentirme legible desde la distancia en cada paquete que le enviara, jamás pensé en darle regalos comunes -que ya se han dado mejor- ni en empachos de sensiblería adoquinada, ni ningún otro tipo de artefactos consistentes que pudieran parecerle pensados para usted en primera instancia.
Como bien lo saben sus ojos y las terminaciones nerviosas de sus manos, mi única manera legítima de hablarle es a través de los poros y la tesitura de mi voz. No mis palabras, que ya de entrada son mi forma y mi contenido –y que plácidamente le entrego- si no el vehículo que hasta usted las hace llegar.
Créame que soy más de usted cuando lo ignora, o cuando parece que no logro llevar hasta lo explícito mi constante adoración por su persona. Los gestos que no conoce, las poses que adopto en una supuesta frialdad y costumbre y que, en supuesto, nada tienen que ver con usted, son la forma única en que su imagen en mi se ha instalado.
Sé que no puedo corregir mis pasados envíos y no pienso cambiar la manera en que llegan hasta usted, ni el estilo que pueda, tristemente, reconocer como indirecto o frío. He embalado objetos que no parecen para usted y que mucha gente pudo ver ya, lo sé. Pero entiendo que solamente usted descifra la naturaleza profunda de lo que le entrego y que los otros, a lo sumo, comprenderán como algo que amo y que le doy.
Ni la cuerda de guitarra, ni el esmalte usado (rojo o café) ni el viejo envase de compota, son señales para nadie más. Mis impulsos son suyos, también las herramientas que uso para comprender el mundo, también mis dolores, mis temblores, mis miedos.
Ahora que me apresto a caminar hasta la Oficina de correo no puedo más que pensar en usted, mientras los otros creen que hablo de lo inclemente del clima o la fatalidad de los precios de las legumbres. Ahora que me pongo los zapatos y me aliso el cabello en un gesto que parece desprevenido, imagino la dureza justa de sus labios.
Llego a usted desde mis secretos, mi historia. Me entrego a usted desde la escondida fuerza que saber sus ojos me ha conferido. No puedo más que darle esta entrega perdida, como un paquete más, que le habla desde el vacío que soy sin usted.

Suyo Siempre

sábado, 31 de julio de 2010

Perchero


Era extraño que a su cabeza aún se le pudiese llamar así. El día que por fin abrió los ojos, todos temimos por sus primeras palabras porque según el especialista el daño era incalculable y los efectos, desconocidos.
Despertó en medio de una soledad inenarrable. Nadie supo como fue el proceso de su vuelta a la conciencia en medio de ese pabellón aislado del ala este. A los pacientes en coma los dejan en punto final, cerrando paréntesis, en una sala que más se parece a una bodega de enseres que a la sala de cuidados de una reconocida clínica de recuperación.
Cuando alguien sale de ese pabellón se queda dudando de si, al salir, tratarán a los cuerpos como muebles o los taparán como en las casas vacías de las películas, con sábanas blancas o plásticos gruesos. Imaginaría usted a los familiares ya faltos de sensibilidad o a los visitantes de turno imaginando que “aquel que tiene los brazos levantados, puede convertirse en una cómoda silla”…”esos dos hombres sentados y en otra posición articularían una mesa de tamaño decente”…”habría que venir a tomar el té”…
A él lo imaginaban siempre como un perchero. Sus articulaciones en permanente semiflexión, la cabeza gacha como en cierta posición descuidada de cualquier hombre que se queda sentado viendo en la televisión los programas nocturnos consistentes en ventas de artículos inútiles y diversos o de rifas y acertijos, conducidos casi siempre por una mujer de partes prominentes y carentes de dicción decente, sin la ayuda de un telepronter.
Despertó en medio de una soledad inenarrable. Reaccionó como quien se distancia de un sueño incómodo y pesado, frotando sus ojos con fuerza y seguramente pensando en las frases que escuchó de Morfeo, sintiendo que habían pasado algunas horas.
Se dio cuenta, de pronto, de que en ese lapso, para él incalculable, había olvidado las cosas del mundo y, sobre todo, la forma de llamarlas.
Agarró de la mesa (de madera y metal; no de hombres) un bolígrafo que el médico de ronda había dejado por olvido o desinterés. Le dijo cigarrillo y le pareció recordar que trataba de dejarlo. Le hacía mal utilizar ese instrumento rígido que le manchaba los dientes y que tantos dolores de cabeza le causaba, que le estaba robando la vida y que parecía tan inofensivo.
No reconoció las letras doradas que dibujaban en relieve las palabras Mil y una noches. Cogió el objeto de la mesa, sintiendo ese peso indescriptible, un peso entre imposible y etéreo que adornaba ese trozo de comida. Así le llamó. Alimento, también podría decirle, lúcido y sinonímico. Reconstruyó una escena de su pasado en el que un viejo de bata blanca le decía que tenía que dejar de comer en exceso, evitando los alimentos pesados y espaciándolos adecuadamente. Dejó el objeto otra vez sobre la mesa, no sin sentir un poco de repulsa y náuseas por ese rectángulo grueso que pudo haberlo condenado a la muerte.
Miró a los otros acompañantes, levantándose difícilmente del camastro (de metal y plumas, de algodón y lana; no de hombres). Comprendió que cada uno era distinto y supo comprender que tenían diversos usos. Aquel sería un excelente padre, de brazos fuertes, cabello abundante. Esa sería una amante dedicada y dulce, de caderas generosas y labios carnosos. Ese, sería una cómoda silla, ellos dos, juntos, una firme mesa de té. Los llamó fantasmas y recordó que lo rondaban en otros tiempos, alteraban sus nervios y habían logrado que se mudara de varias casas. Se vio caminando por congestionados andenes, entre esos espectros a los que, ahora recordaba, les tenía pánico.
Miró la puerta, las pequeñas ventanas, la luz afuera. Supo que eran laberintos de distintos tamaños y tuvo la certeza de ser excesivamente distraído para meterse en cualquier recorrido críptico. Miró los fantasmas, tuvo miedo; los laberintos le generaron un profundísimo mareo. Sintió ganas de fumar y lo sonrió inútil. Luego, hambre, pero le parecía demasiado corto el tiempo para dejar tanto sin comer, a medias, con luz tan baja.
Volvió a esa cama vacía, donde distinguió la huella de su cuerpo. Se alivianó en esos cómodos rastros y se sintió pleno. Sintió que ese era su lugar y que no tendría que aventurarse al afuera. Cerró los ojos. Pareciera que se había quedado dormido después de un aburrido programa de historia natural. Fue feliz de nuevo.

jueves, 29 de julio de 2010

Nacimiento

Recuerdo que en la ecografía aparecía un bulto indescriptible que el médico de turno llamó mi hija. Tú te quedaste impávida, con un gesto sin gesto, convulsa, pálida. Imagino que pensabas como yo que era necesario imaginar un poco, trascender, ver más allá de lo evidente y proyectar que esa sombra de algo era el producto de esa noche de ojos blancos y poca luz, de mucha histeria en medio del incómodo back seat de mi Ford antiguo.

No podría recordar su forma, definirla, pensar que era bella, en esa pantalla de pocas pulgadas. El médico señalaba montañas y simas, como delineando una masa, como uniendo puntos invisibles en la bóveda del cielo, tratando de convencernos de que aquel filo distorsionado era su rostro, que sus piernas eran un par de hilos perdidos entre el líquido amniótico, que tenía buena contextura, y la espalda se le arqueaba a la derecha…

Supe de mi hija entonces -que en supuesto existía- supe que había alguien dentro de ti y que mi deseo la había empujado hasta allí. No podía salir a comprarle cosas porque no tenía idea del color que le quedara bien, ni de la longitud y el grosor de sus piernas. Me decían todos que eran medidas estándar, pero yo entiendo que somos necesariamente particulares y que una mujer jamás querría ponerse algo “estándar”. Podría ser un bulto por ahora, pero dentro de poco empezaría a decidir caprichosamente y a esperar que su padre supiera bien que darle de regalo, de acuerdo a la manera de sonreír, a la contextura del llanto y el color de las manos.

Si, tú y yo ya sabemos su nombre. Sabemos bien cuál será su diminutivo y su apodo. Sabemos que nuestros apellidos riman bien con la penúltima sílaba y que será hermosa. A ti te gustaría que tuviera mi color de piel y que le encantaran los libros. Sería fundamental que tuviera tu dentadura  y que el fútbol no le pareciera un deporte demasiado salvaje.

Hubo otros detalles del bulto definiéndose cada cierto tiempo. Pasábamos por el mismo cuarto y en la misma pantalla ella parecía tomar forma. Se acercaba el momento y no podíamos configurar ningún escenario seguro para definirla. Tú la sientes y seguro ya sabes muchas cosas de ella. Yo apenas si puedo escribirle.

Me dijiste que hoy era el día. Algo se rompió en ti y enseguida encendimos mi Ford culpable. Llegamos relativamente rápido, el tráfico fue generoso con ella. Hace un rato ya que entraste sudando y con los ojos desorbitados a esa habitación. Yo creo que le gustará el chocolate, el lila y que tendrá dos o tres de las cosas tuyas a las que me costó adaptarme. No sé si le gustará mi rostro y la forma en que le leeré cuentos.

Es tarde ya. Creo que la oigo, estoy seguro de que me llama. No se trata de su voz, ni de las palabras que no puede articular. Se trata de todo lo que no sé de ella, toda la forma de mi deseo, toda la imaginación de mis letras. Se trata de su nombre. Su nombre me llama.

miércoles, 21 de julio de 2010

De la Amada al Amado


Lo primero que recuerdo de ti son las manos. No tus manos en sí -que no sé siquiera si son hermosas o feas- sino tus manos en mí, tus manos sobre mí. Su marca huidiza, corredora, alucinante, como sombras de pájaros en vuelo. Tus manos en mis manos como palomas, en mis brazos como peces, en mi cintura como lianas, en mis espaldas como chorro de agua recién nacida, en mis muslos como serpientes. Tus manos por todo mi cuerpo, como mar. Tus manos sobre mí, corriendo, recorriendo,
formando mi epidermis, formándome, dándome contenido: haciéndome mundo.
Hasta que me tocaste, no fui yo la que soy ahora.
¿Nueva? No: otra. Me hiciste por el tacto, de perfil y de frente. Desde el primer momento en que rozaste mi cabeza con tus manos, al descuido. Lo recuerdo como si fuese ahora mismo: estaba sentada en el suelo, pasaste tu mano por mi pelo y se estremeció mi tronco como si le azotara un viento nuevo.
Me estremecí. Cada vez que recuerdo tus manos me estremezco. Me inmuto. Ardo con sólo recordar tus manos, mi vida, conmovida.
Lo que siento, lo que me recorre cuando me tocan tus manos no tiene nombre. Ni escalofrío ni estremecimiento, ni temblor; conmoción tal vez. Ni lo sé ni lo sabré: vibro, me espeluzno, centelleo, titilo trémula.
Ondulo, me cimbro, nueva, otra. Me das movimiento.
Escribo "trémula" y quizá por ese sendero podría hallar las palabras que reflejaran lo que me hacen sentir tus manos en mi cuerpo. Pero no es temblor lo que siento cuando voy a temblar, temblar sin miedo, con gusto profundo. Soy yo, del otro lado.
Me alteras, me conmueves. Sí, está bien dicho: tus manos, me conmueven, me sobresaltan, me quebrantan abriéndome, haciendo salir de mis entresijos el musgo del placer más escondido.
Me estremeces: me meces, me entre -meces-.
Dentro.
Tus manos me acunan, me enternecen, me mueven, sirenas, me alan.
Me ablandan tus manos tiernas endureciéndome, me desmenuzan dándome unidad. Me cierran en ti, abriéndome a la mar.
Me transportan, contrarias al milagro, milagro ellas mismas, haciéndome, dándome lo que nadie me dio.

Subandhu

lunes, 19 de julio de 2010

Crónica de una cuerda rota

Lily Klein era la mejor bajista que había visto en la maldita existencia. La mejor persona con la que había tocado alguna vez. La líder silenciosa y anoréxica más sorprendente que uno pudiera imaginarse. Lograba sintonizarse a la perfección con el acorde que seguía, comprendiéndolo, extendiéndolo, dilatándolo hasta el momento en que finalmente mi pajuela rozaba el borde de la cuerda. Sólo ella sabía cuando el pesado de Jim estaba a punto de irse en un tempo de más: abría sus ojos frente a él, e inmediatamente ponía un par de Newton más en el golpe rígido que latigaba la cuarta cuerda. Jim apretaba sus dientes al ritmo de los platillos y de mala gana entraba en el tempo adecuado.
Sabía de memoria fragmentos del Walden de Thoureau y de los libros de viajes de Vonnegut; el número de la lección que seguía en mi curso de gruesos folios, que McQueen le había heredado durante los 80. La banda de McQueen, Dirty McQueen, que había sido la fuente de poder underground de toda la Costa de Seattle. Eran tipos raros. Talentosos, espantosos y raros.
Durante los ensayos, Lily se distraía con cualquier cosa e indefectiblemente durante sus ausencias, el resto de la banda se ponía a juguetear estúpidamente. Parecía necesaria, fundamental, basal. Lily lo comprendía y nos hacía esperar sin pena. Volvía, se colgaba su Fodera y apagando apenas el cigarrillo me miraba fijamente, hacía gestos ininteligibles y empezaba a probar la firmeza de sus cuerdas con un gesto de concentración, muy a lo Roger Clover, mientras jugaba a que se inventaba el jodido blues…
Hace ya cuatro meses que no sabemos nada de ella. Esa última noche estuvo impecable. Casi imperceptible, casi escondida al lado del telón que cerraba el escenario y confundida con el color del terciopelo, Lily nos sostuvo en un mood inmejorable y reinventó cada fragmento de nuestras tercas canciones sobre el miedo y el dolor.
Casi todos aplaudían generosamente. A mí, al pesado de Jim, al geek de los teclados. Lily ni siquiera miraba el público y ahí mismo empacaba su pareja en un estuche viejo de Fender que había olvidado alguno de los tipos inútiles con los que supo malvivir en sus lapsus. Pensábamos como siempre, que después de una buena cantidad de tragos aparecería con cualquier vago o par de vagos o trío de inútiles, invitándonos a una fiesta siempre mejor, con más líneas, más gramos y más vagos. Le diríamos que se quedara con sus amigos inútiles hasta que se nos acabaran los gramos y las líneas.
Nunca apareció. Se quedaron las líneas y los gramos de más. Al otro día la esperamos en el ensayo, mientras pasábamos la jaqueca con un par de Grolsch y jugábamos con el viejo balón de football que inexplicablemente el geek guardaba en el garaje.
Nunca había superado la desaparición de McQueen. El grupo se disolvió cuando el guitarrista líder, el soporte del beat de la banda más desconocida e influyente de Seattle se había largado a buscar paz espiritual en una secta de calvos que jamás le presentó a Lily. Los Dirty McQueen llegaron hasta ese día en que su líder inigualable, su encorvado semidios no llegó al concierto para el que se habían preparado durante meses, el maldito show donde iban a ser reconocidos por los que estaban por fuera del reducido círculo de melómanos anónimos drogadictos y con odio congénito hacia lo comercial que los rodeaban en sus jam y encuentros clandestinos poco rentables.
¿Sería igual? Un círculo de abandonos, de desintegraciones de disoluciones. Un jodido espectro musical que podía revolucionar el mundo pero que se reducía a un ligero flash de grabaciones absurdas, difusas y con los gritos de los vagos en primer plano.
McQueen había acabado con los Dirty McQueen. Lily ahora parecía acabar con nosotros. Los Dirty Klein. Yo miré a Jim. Con el movimiento de sus cejas parecía preguntarme desesperadamente si todo quedaría en el traste.
Con mis ojos cerrados, y una pose muy a lo Muddy Waters, le dije que no. Que yo también era un Klein, había nacido el mismo día de Lily, a la misma hora. Nuestra madre se llamaba Dorothy y le gustaban los duraznos frescos. Yo, temblando, me empecé a inventar el blues mientras sostenía el mood de nuestras canciones tercas. El otro día había conocido a un chico talentoso en el clímax de un jam. No tenía un estilo a lo Glover, pero sabría un par de frases del Walden. Ese vago nunca nos abandonaría, ni esta noche, ni el beat a temor y dolor de mi vieja Les Paul; de ese acorde adivinado siempre. De la música que le daba sentido a la vida del geek, de Jim, de esa desconocida zona de Seattle donde todo pareció familiar y absurdo. Nunca Lily podría abandonarme, ni mi Les Paul. Ni a ella McQueen, ni su Fodera. Tendríamos una cita siempre, en el siguiente acorde: Una cuerda, siempre espera.

martes, 22 de junio de 2010

Amar y yo

Dame lumbre no más. Quédate quieto, desplaza este martes de torreón, despliega el mástil. No creo más en tus suelas de canicas, en tu velo de pirata a media voz. He dado media vuelta y te he dejado solo. No te das cuenta en medio de tu pirotecnia y tu frenesí.
Sabes que a veces hiero mucho. No más. Espera el tiempo en que te despliegues del todo y puedas verte con claridad, salir del fondo, arrancar en neutro la luz. Dame lumbre. No más.
Otra vez media vuelta. Escancia tu saliva, fuma tus culpas. Luces libre desde aquí, estás incómodo. Date por vencido y no lo intentes. Arruga esto, vuelve la cabeza, acierta ese tiro. Hemos clausurado esta noche. Sal de ella. No hay nada más que ver.
Aprieta tus cordones de nostalgia. Abrígate bien con tu cobardía sucia. Es de noche en otra ciudad. Parece fuego. Hace tiempo que no sabes volver. Te cubres la cara, te escondes detrás de la barda de metal. Empuñas las manos. Inútil. Esperas no sé qué.
Lo básico, clásico. El detalle detrás. La sombra roja. Hemos dado vueltas mucho tiempo. Dos días y medio, dos mediodías, dos días medios.
Aniquilados, exiliados, destrozados. Hemos fundado algo nuevo, vacío, fresco. El aire va, no se queda. Nada se queda. Nada hay. Nada vuelve. No sabes volver. Dame lumbre no más.
Inventa algo. No sudes. Algo falta aquí. Vuelve. Hace tiempo que no sabes volver. ¿Sabes cantar? ¿Soñar? ¿Entiendes mis gestos? ¿Eso es lumbre? Luces libre desde aquí, estás incómodo.
Falta poco y estás entero. No quiero mirarme y hace calor color niebla. Tiritas. No me gusta callarme, algo me persigue si callo. He perdido el papelito donde anotaba el nombre y el número de teléfono. He perdido la voz, he perdido algo, lo sé. Era cierto, creo.
¿Eras tu? ¿En el Cinema aquella vez? Si, estaba oscuro, nadie se miraba. Olía bien esa noche. Sabes como es. No, era domingo. Déjame reconstruir la situación. ¿Recuerdas?
Eras otro, abrías la portezuela, sonreías. Preguntabas si quería encender mi cigarro caro...

jueves, 17 de junio de 2010

LA

Atrás, pasando el callejón, sobre la pila de basura, estaba la corbata gris que le había quitado. Ya lo sabes, la tentación, la mala conducta. Él era el resumen, la síntesis, el objeto de objetos. Tenía algunas canas, algunas arrugas. Seguro ya se había enamorado y sabría algo de mujeres.
Puso dos copas rebosadas de Havana Club sobre la barra y yo no pude rechazarlo. El no sabía. No sabía.
Repitió el ejercicio de las copas una decena de veces y fue suficiente. Hablamos de cosas parecidas a las formas del humo de cigarrillo que nos envolvía. Le advertí a medias, sin demasiadas ganas, sabiendo que nunca podría descifrarlo. Los hombres están imposibilitados genéticamente para entender las cosas importantes que una mujer dice.
Salimos del Bar, doblamos la esquina y se abalanzó sobre mí. Tuvimos un encuentro torpe pero intenso. Supo acomodarme bien entre la pared y la tenue sombra que dibujaba la bombilla gastada de la esquina. Luego el incómodo después. Explicarle. Él no sabía.
Caminamos por la Avenida T hasta el monumento a La Derrota. Inhalamos un par de veces y tomamos un par de tragos de una licorera pequeña que cargaba en el bolsillo de atrás. Creo que era whisky. No tengo idea. No importaba.
El seguía haciendo preguntas y yo desviaba los caminos de la conversación hacia lo oportuno que me parecía que consiguiera un taxi junto a la entrada del parque. Caminaba, nervioso. No sé si eran llaves o monedas lo que sonaba en sus bolsillos.  
Intentaba agarrarme la mano. Yo lo soltaba. Sonreía nervioso. En mi cara tenía instalado un gesto de signo de interrogación, de pared en blanco, de mosca muerta.
Era ya demasiado tarde. El no lo sabía.
Empecé a caminar hacia los árboles, el me perseguía.
Luego, directamente hacia el callejón. Por primera vez dejé que se me escapara una risilla explícita. No lo veía pero escuchaba sus pasos. Creo que cuando escuchó el eco de mi risa lo supo. O no. Ya no importaba. Ya era tarde y tenía ganas de subir a mi apartamento. Sentarme frente al televisor viendo cualquier cosa. Desmancharme las uñas. Usar ese esmalte bellísimo que no había querido estrenar. Creo que es rojo o café. O vino tinto. No importaba. 

lunes, 14 de junio de 2010

Ojos primitivos

En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no forma figuras de terror y de gloria.

Vacío gris es mi nombre, mi pronombre.

Conozco la gama de los miedos y ese comenzar a cantar despacito en el desfiladero
que reconduce hacia mi desconocida que soy, mi emigrante de sí.

Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración.

Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya
más imágenes): el silencio de la comprensión, el silencio del mero
estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

Alejandra Pizarnik. En El infierno musical. 1971.

jueves, 10 de junio de 2010

Coincidencia

Era la primera vez que intentaba bailar el vals. Uchida había dedicado su cuerpo a la tierra y a la sangre. Sabía sembrar, sabía matar pero definitivamente no tenía idea de bailar el vals.
Tea había aprendido desde niña a tender su cama, tocar el piano y bailar el vals. Tenía los pies pequeños y gráciles, el torso fino y exacto.
Uchida había aprendido a reconocer el olor de la savia con las manos y su fusil. Sabía, sin dificultad, si algo o alguien vivía o moría –que aunque se crea, no es labor sencilla. No reconocía agonías ni desdobles. Sustancia y esencia en la textura de la raíz, en el color de la sangre.
Tea había aprendido a soñar. Podía reconocer lo real de lo ilusorio –asunto nada fácil- y su cuerpo sabía reconocer el aire que la envolvía, entender si era suspiro vago o brisa.
Uchida salía en las noches a caminar solo. Tenía la costumbre de mirar muy fijo a los transeúntes que se le cruzaban.
Tea dormía desde temprano, cuando el sol apenas caía y se postraba la luna en el regazo de la noche.
Siempre, a la misma hora, escribían. A mano, en papeles amarillos, con tinta negra. Nunca empezaban en la primera línea porque sentían que era el lugar dispuesto para la frase equivocada.
Una a una, sus páginas se llenaban de garabatos sin culpas. Sin calcularlo, cada 8 minutos levantaban la cabeza al unísono y se decían: ya está. Se mentían. Eran necesarios 3 minutos de silencio, de posar la mirada en ninguna parte e invertir otros 15 en llenar de nuevo páginas amarillas con tinta negra formando espacios.
Ese día, Tea, en la primera línea, desubicada entre lo tenue de la luz y el olor del frío, había escrito: Era la primera vez que intentaba bailar el vals.
Uchida, torpemente, había escrito en la segunda línea: No soporto los bailes de salón.
De ahí en adelante, en los gruesos folios que seguían, Tea y Uchida bailaron y dejaron de bailar entre garabatos de tinta negra, perdiéndose en corredores perpendiculares, aislándose. Algún día sabrían del otro, cuando ya necesariamente fuera demasiado tarde y el olor de la sangre y los suspiros vagos y el compás del vals…

martes, 25 de mayo de 2010

Cómo medir la masa molecular media de un polímero de producción lineal…

La única condición fueron sus soledades. El único insumo sus deseos. Las únicas dificultades, los cambios horarios, los chichones de las almohadas. Esto no debió haber pasado. Léalo y olvídelo. Registre apenas lo necesario para seguir la trama. El amor no es realmente probable.

Algunos inviernos atrás, Horacio (HClO4 en las listas del Colegio, la cédula, las multas de tránsito, las cuentas de Bar…) había logrado idear un poderoso sedante para el frío del Norte, que consistía en una calculada mezcla de cosas que encontró en su casa, y que se llenan de polvo en casi cualquier alacena de vivienda común. Después, había conseguido sintetizar un elemento incomprensible de su primera incursión fallida en la desolada cocina de su piso, un outsider de la tabla periódica que nunca inscribió, ni nombró ni compartió con nadie y que aún cree que guarda en una conserva de compota, junto a los datos descriptivos (anotados en el reverso del acta de defunción de su madre), en la repisa donde aloja sus huéspedes olvidados: La biblioteca de su padre sobre Polímeros de producción lineal.
Ese mismo año, Page (Cyperus Papyrus en la cuenta de facebook, las facturas, el regaño de la madre) había escrito una fórmula que le permitía encriptar poemas en las marcas de conservas y en las vallas de las estaciones de tren. También había logrado camuflar un cuento de Arreola en el menú impreso de un famoso restaurante, a las afueras de Londres. Días después escribió, en versos alejandrinos, las formas que descubría en las manos de la gente que conocía. Las grabó en parafina y las dejó en la zona de promesas que se deja debajo de los santos de la devoción colectiva.
H Tenía obsesiones que no dejaba guardadas jamás y P tenía dos o tres cosas en qué pensar a la semana.
H y P no tendrían porque haberse conocido o coincidir. Estaban en cadenas sociales distanciadas y se dedicaban a cosas que no tenían nada que ver. H era el director de una reconocida empresa de producción de ropa interior para personas con temperamento irritables. P era la asistente atea de un sacerdote ciego que lloraba todas las noches.
Los dos hacían como si disfrutaran sus vidas. H había salido con algunas promotoras del departamento de Mercadeo y las había cortejado sin ganas. P, se había dejado seducir alguna vez por un par de creyentes que no olían bien y con quienes nunca dormía.
Sabían los dos que era posible estar por fuera de los enlaces. Estar merodeando desapercibidos los sucesos de otros, moléculas afanadas en un andar inconsciente de mezclarse y transformarse. No podría decirse que tal acción de evadir la permutación les fuera completamente permitida, pero habían logrado separarse del resto, evadiendo sus uniones sistemáticas.
Algún día (cualquier día) H salió a buscar un patrón en la disposición de las cervezas en el supermercado del vecindario. Se paró lejos, mientras se acariciaba la barbilla. Cuando hacía un recorrido azaroso entre las latas de colores y los envases de cuello largo, descubrió a una mujer diminuta agarrando envases y latas que devolvía a su sitio con un adhesivo superpuesto sobre la descripción de la composición.
Curioso, H se acercó, cogió uno de los envases de una cara cerveza importada y leyó la etiqueta:
-          Esto no es una medida desesperada. Es apenas el comienzo de una medida desesperada. No es tampoco un líquido ni una evasión. Cuando beba esto, piense en mí. Déjeme invadir este momento, extraño.
Todos los envases y latas tenían la misma inscripción. H pensó que era una medida desesperada. Cualquier podría leerlo. Era un mensaje ridículo, sin destinatario específico. Sin embargo pensó en ella.
Alcanzó a notar cuando la mujer diminuta salía del Supermercado y la siguió hasta un modesto edificio que colindaba con un pequeño templo al que no le vendrían mal un par de brochazos. La mujer entró afanada y soltó la puerta que chirriaba.
H consiguió retenerla antes de que se cerrara gracias a un lentísimo mecanismo automático. Siguió los sonidos de los pasos, casi imperceptibles, casi etéreos. Miró a P mientras buscaba las llaves y se acercó con cautela. En medio de la dedicada operación que constituye para toda mujer una búsqueda en su bolso, P levantó la mirada sin temor. En frente descubrió a un individuo anodino que bebía una de las cervezas que había marcado.
[Encontró las llaves, abrió la puerta y le indicó al sujeto que siguiera por el pasillo. En el lugar no había luz, salvo por una vela gigantesca que sostenía una llama mínima]
 H hablaba un extraño idioma anglosajón que combinaba usualmente con algún término médico. Nadie lo entendía realmente. P amaba las palabras y podía comprender casi cualquier cosa que  fuera dicha.

-         - 5 milligrams of Valium. I’ll try to make psychedelia. Even the worst nigthmare, i would try to share. 3 of Prozac. Give me a death body to kill -Dijo H.
-          (P se paraba detrás de H y le hablaba de Ignatius Reilly, de Charlie Parker, de Gregorio Samsa. Cuando H seguía la voz, P estaba en otro lugar soltándole sobre las sienes sonetos de Quevedo y fragmentos de Las Flores del Mal).
H decía entonces:
-          - Magic is boring and sentimental and i need a cup and a test tube.
-          (P le susurraba al oído su sueño del día anterior, que algo tenía que ver con los modales de los laicos en las citas a ciegas).

Sin que se dieran cuenta, comenzó a pasar el tiempo. Compartían casi cada espacio sin que nadie lo notara, ni ellos mismos. Recorrían la ciudad juntos, pero como dos desconocidos. En las noches, se encontraban en la misma cama y de maneras que aún no comprenden se miraban extasiados desnudos y en medio de un placer que no comprendían.
Sus rutas se encontraron. Terminaron en un mismo apartamento, lejos del Templo, sin notarlo. No sucedía nada que pareciera especial a los ojos de nadie.
Algún día, P se acercó a una vieja repisa que H había traído de su casa. Miró una conserva en la que reconoció una de sus etiquetas:
-          El tiempo no transcurre. Los momentos no pasan. Esto no es real. El amor no es posible. Mientras abre este recipiente, piense en mí.
Miró un papel amarillento al lado de la conserva y terminó mareándose. Lo dejó en su lugar. Cogió el libro que se hallaba al fondo y empezó a leer la pregunta que inauguraba el primer párrafo:
¿Cómo medir la masa molecular media de un polímero de producción lineal?
Siguió leyendo el pesado tomo, como si lo entendiera, sentía que creaba una historia de amor y que no le hacía falta nada más. Le importaban esas letras, que eran las mismas con las que había logrado inventarse. Desordenaba las frases densas y las transformaba en suspiros dentro de su cabeza. La química entonces se trataba del amor incomprensible que sentía por H. También las puestas del sol. También las etiquetas. También sus lágrimas. P se dormía todas las noches en el pecho de H, mientras él resolvía una ecuación y calculaba el despertar.  Ella soñaba con una manera de dejar mensajes en los cigarrillos y en cómo podría lucir un polímero enamorado, a todas estas.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Historia de P



Digamos que fue así. Ella pensaba en buscarlo a toda costa. En sus sueños, P, aparecía como un compuesto perfecto de las cosas que le gustaban, un amasijo de las formas que la excitaban, una combinación de los sonidos que la seducían.
Además tenía ojos claros y un lunar en la nuca. Además no se irritaba por su voz chillona y siempre sabía aparecer en el momento perfecto. No era gordo ni flaco. Nunca olía mal ni roncaba. Le besaba cada lugar adecuado y nunca la abrazaba a destiempo.
Ella se despertaba cada día pensando en que P podría estar en cualquier lugar. Empezó a viajar por todas partes tratando de encontrarlo. Aprendió varios idiomas, recorrió cada página de internet, cada restaurante italiano, cada villa argentina, cada favela, cada esquina.
Volvía a sus noches exhausta y feliz. Se desnudaba lentamente, se recostaba en su cama y se dejaba encima un par de sábanas que la hacían sentir seducible.  Por fin, en sus sueños lo veía y sonreía y sabía que P existía. Al menos como idea, como transparencia.
En la mañana, su rutina se repetía, dejándose ir de los brazos de su anhelado P en una mezcla de ruidos de mañana y dolorosa luz de día.
Lo más cercano que había encontrado al hombre del lunar en la nuca era S. S sabía de P porque en algunas de las noches en que a Ella le costaba conciliar el sueño,  y le hacía el amor con los ojos abiertos, mientras Ella se entregaba con los ojos cerrados a un cuerpo metafísico, a una nube que pasaba por encima de ellos y lograba que  su orgasmo  concluyera en un sueño sonámbulo en que susurraba al oído de P (al oído de S) la incontenible fuerza de su deseo.
S la miraba y la oía dormida y se preguntaba hasta cuánto tendría que fingir. Fingir ser otro. Ese otro con el que Ella soñaba y al que le detallaba los lugares donde lo había buscado ese día y lo cerca que se sentía de poder tocarlo sin prisa.
S, secretamente se había tatuado un lunar en la nuca, tomaba costosos medicamentos para dejar de roncar y se bañaba cuatro veces al día en esencias y sándalo. Se traicionaba. Usaba lentes de contacto y se hacía decir P por sus amigos.
Pero Ella sabía que el no era P, ni podría serlo nunca. P era otro, una estructura perfecta con la que se sabía plena.
S, con el tiempo, terminó rindiéndose. Se dejó de bañar varios días, tiró a la basura los medicamentos, las esencias, los costos lentes y la forma de hablar que había aprendido de las descripciones nocturnas de Ella.
S, era otro. No era P, ni nada parecido. Terminó casándose con una mujer que se parecía a Ella (Ella, que terminó convirtiéndose en su P),  soñando con Ella, haciendo el amor con su mujer mientras pensaba en Ella. Evitando a esa mujer que decía amarlo, mientras desviaba cada suspiro a Ella, a su P, a su recuerdo.
Ella terminó perdiéndose en un país extraño, entre gente que no la entendía y durmiendo en cada lugar apacible. Miraba a cada hombre con detalle y un par de veces se dejó poseer por extraños malolientes.
La encontraron, tiempo después, en ese país extraño. Parecía dormida. Las lágrimas en sus mejillas parecían no secarse y continuar hasta el charquito que encontraron al lado de la silla del parque.
S, lo supo con el tiempo. Sabía que su destino sería probablemente el mismo. Sabía también que P (que Ella) seguiría vivo en su memoria, en sus sueños. De sus ojos oscuros, se escaparon un par de lágrimas pesadas. Y empezó a quedarse dormido mientras roncaba…