lunes, 19 de julio de 2010

Crónica de una cuerda rota

Lily Klein era la mejor bajista que había visto en la maldita existencia. La mejor persona con la que había tocado alguna vez. La líder silenciosa y anoréxica más sorprendente que uno pudiera imaginarse. Lograba sintonizarse a la perfección con el acorde que seguía, comprendiéndolo, extendiéndolo, dilatándolo hasta el momento en que finalmente mi pajuela rozaba el borde de la cuerda. Sólo ella sabía cuando el pesado de Jim estaba a punto de irse en un tempo de más: abría sus ojos frente a él, e inmediatamente ponía un par de Newton más en el golpe rígido que latigaba la cuarta cuerda. Jim apretaba sus dientes al ritmo de los platillos y de mala gana entraba en el tempo adecuado.
Sabía de memoria fragmentos del Walden de Thoureau y de los libros de viajes de Vonnegut; el número de la lección que seguía en mi curso de gruesos folios, que McQueen le había heredado durante los 80. La banda de McQueen, Dirty McQueen, que había sido la fuente de poder underground de toda la Costa de Seattle. Eran tipos raros. Talentosos, espantosos y raros.
Durante los ensayos, Lily se distraía con cualquier cosa e indefectiblemente durante sus ausencias, el resto de la banda se ponía a juguetear estúpidamente. Parecía necesaria, fundamental, basal. Lily lo comprendía y nos hacía esperar sin pena. Volvía, se colgaba su Fodera y apagando apenas el cigarrillo me miraba fijamente, hacía gestos ininteligibles y empezaba a probar la firmeza de sus cuerdas con un gesto de concentración, muy a lo Roger Clover, mientras jugaba a que se inventaba el jodido blues…
Hace ya cuatro meses que no sabemos nada de ella. Esa última noche estuvo impecable. Casi imperceptible, casi escondida al lado del telón que cerraba el escenario y confundida con el color del terciopelo, Lily nos sostuvo en un mood inmejorable y reinventó cada fragmento de nuestras tercas canciones sobre el miedo y el dolor.
Casi todos aplaudían generosamente. A mí, al pesado de Jim, al geek de los teclados. Lily ni siquiera miraba el público y ahí mismo empacaba su pareja en un estuche viejo de Fender que había olvidado alguno de los tipos inútiles con los que supo malvivir en sus lapsus. Pensábamos como siempre, que después de una buena cantidad de tragos aparecería con cualquier vago o par de vagos o trío de inútiles, invitándonos a una fiesta siempre mejor, con más líneas, más gramos y más vagos. Le diríamos que se quedara con sus amigos inútiles hasta que se nos acabaran los gramos y las líneas.
Nunca apareció. Se quedaron las líneas y los gramos de más. Al otro día la esperamos en el ensayo, mientras pasábamos la jaqueca con un par de Grolsch y jugábamos con el viejo balón de football que inexplicablemente el geek guardaba en el garaje.
Nunca había superado la desaparición de McQueen. El grupo se disolvió cuando el guitarrista líder, el soporte del beat de la banda más desconocida e influyente de Seattle se había largado a buscar paz espiritual en una secta de calvos que jamás le presentó a Lily. Los Dirty McQueen llegaron hasta ese día en que su líder inigualable, su encorvado semidios no llegó al concierto para el que se habían preparado durante meses, el maldito show donde iban a ser reconocidos por los que estaban por fuera del reducido círculo de melómanos anónimos drogadictos y con odio congénito hacia lo comercial que los rodeaban en sus jam y encuentros clandestinos poco rentables.
¿Sería igual? Un círculo de abandonos, de desintegraciones de disoluciones. Un jodido espectro musical que podía revolucionar el mundo pero que se reducía a un ligero flash de grabaciones absurdas, difusas y con los gritos de los vagos en primer plano.
McQueen había acabado con los Dirty McQueen. Lily ahora parecía acabar con nosotros. Los Dirty Klein. Yo miré a Jim. Con el movimiento de sus cejas parecía preguntarme desesperadamente si todo quedaría en el traste.
Con mis ojos cerrados, y una pose muy a lo Muddy Waters, le dije que no. Que yo también era un Klein, había nacido el mismo día de Lily, a la misma hora. Nuestra madre se llamaba Dorothy y le gustaban los duraznos frescos. Yo, temblando, me empecé a inventar el blues mientras sostenía el mood de nuestras canciones tercas. El otro día había conocido a un chico talentoso en el clímax de un jam. No tenía un estilo a lo Glover, pero sabría un par de frases del Walden. Ese vago nunca nos abandonaría, ni esta noche, ni el beat a temor y dolor de mi vieja Les Paul; de ese acorde adivinado siempre. De la música que le daba sentido a la vida del geek, de Jim, de esa desconocida zona de Seattle donde todo pareció familiar y absurdo. Nunca Lily podría abandonarme, ni mi Les Paul. Ni a ella McQueen, ni su Fodera. Tendríamos una cita siempre, en el siguiente acorde: Una cuerda, siempre espera.