miércoles, 12 de mayo de 2010

Historia de P



Digamos que fue así. Ella pensaba en buscarlo a toda costa. En sus sueños, P, aparecía como un compuesto perfecto de las cosas que le gustaban, un amasijo de las formas que la excitaban, una combinación de los sonidos que la seducían.
Además tenía ojos claros y un lunar en la nuca. Además no se irritaba por su voz chillona y siempre sabía aparecer en el momento perfecto. No era gordo ni flaco. Nunca olía mal ni roncaba. Le besaba cada lugar adecuado y nunca la abrazaba a destiempo.
Ella se despertaba cada día pensando en que P podría estar en cualquier lugar. Empezó a viajar por todas partes tratando de encontrarlo. Aprendió varios idiomas, recorrió cada página de internet, cada restaurante italiano, cada villa argentina, cada favela, cada esquina.
Volvía a sus noches exhausta y feliz. Se desnudaba lentamente, se recostaba en su cama y se dejaba encima un par de sábanas que la hacían sentir seducible.  Por fin, en sus sueños lo veía y sonreía y sabía que P existía. Al menos como idea, como transparencia.
En la mañana, su rutina se repetía, dejándose ir de los brazos de su anhelado P en una mezcla de ruidos de mañana y dolorosa luz de día.
Lo más cercano que había encontrado al hombre del lunar en la nuca era S. S sabía de P porque en algunas de las noches en que a Ella le costaba conciliar el sueño,  y le hacía el amor con los ojos abiertos, mientras Ella se entregaba con los ojos cerrados a un cuerpo metafísico, a una nube que pasaba por encima de ellos y lograba que  su orgasmo  concluyera en un sueño sonámbulo en que susurraba al oído de P (al oído de S) la incontenible fuerza de su deseo.
S la miraba y la oía dormida y se preguntaba hasta cuánto tendría que fingir. Fingir ser otro. Ese otro con el que Ella soñaba y al que le detallaba los lugares donde lo había buscado ese día y lo cerca que se sentía de poder tocarlo sin prisa.
S, secretamente se había tatuado un lunar en la nuca, tomaba costosos medicamentos para dejar de roncar y se bañaba cuatro veces al día en esencias y sándalo. Se traicionaba. Usaba lentes de contacto y se hacía decir P por sus amigos.
Pero Ella sabía que el no era P, ni podría serlo nunca. P era otro, una estructura perfecta con la que se sabía plena.
S, con el tiempo, terminó rindiéndose. Se dejó de bañar varios días, tiró a la basura los medicamentos, las esencias, los costos lentes y la forma de hablar que había aprendido de las descripciones nocturnas de Ella.
S, era otro. No era P, ni nada parecido. Terminó casándose con una mujer que se parecía a Ella (Ella, que terminó convirtiéndose en su P),  soñando con Ella, haciendo el amor con su mujer mientras pensaba en Ella. Evitando a esa mujer que decía amarlo, mientras desviaba cada suspiro a Ella, a su P, a su recuerdo.
Ella terminó perdiéndose en un país extraño, entre gente que no la entendía y durmiendo en cada lugar apacible. Miraba a cada hombre con detalle y un par de veces se dejó poseer por extraños malolientes.
La encontraron, tiempo después, en ese país extraño. Parecía dormida. Las lágrimas en sus mejillas parecían no secarse y continuar hasta el charquito que encontraron al lado de la silla del parque.
S, lo supo con el tiempo. Sabía que su destino sería probablemente el mismo. Sabía también que P (que Ella) seguiría vivo en su memoria, en sus sueños. De sus ojos oscuros, se escaparon un par de lágrimas pesadas. Y empezó a quedarse dormido mientras roncaba…

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