Manaba sed de la punta de mis dedos con mi pluma de
ultraluz. Fue este el tiempo de silenciar el límite de las cosas y quedarse amilanado
sin saltar al otro lado, silenciar las palabras que crean un vacío insalvable y
que esbozan universos de papel rasgado, de ruido digital, de esferas que
parpadean o se quedan oscuras.
Contemplaba la distancia de las letras como obstáculos
insalvables; mi tinta se perdía dando vueltas en espiral en el sifón de lo
cotidiano. Allí, cuando estaba perdido y me miraba escapando, me reencontré y
decidí volver a los acuerdos, a esta segunda sílaba que hoy deseó volverse
cuerpo.
Latía la luz detrás de las montañas y las sombras presentían
el dolor abrasador de los primeros rayos. Corrían a esconderse los campamentos
temporales, los árboles que yacían erguidos se levantaban a tocar el cielo.
Amanecía en mí, desde tu tiempo, la mirada impertubable que seduce
las horas útiles y las quiere convertir en superficie abecedaria y simbólica;
manaba sed de la punta de mis dedos con mi pluma de ultraluz.
Sublevados de la pereza, mis renglones delatan la quietud,
el escapismo, la violenta fuerza que los mantenía amontonados en el atardecer y
la medianoche. Que la luna le dé paso a los nuevos días de una poética asustada
y mínima que te habla desde la timidez pero se atreve a susurrarte.
Ven, amor. El sol alcanza para los dos.
