viernes, 10 de diciembre de 2010

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Tus lágrimas. Nada me duele tanto como tus lágrimas. Tus heridas que tienen la forma de mis manos, ahora beso, cuido, aliviano. Tus heridas se trazan en mí, son mías ahora, acariciándote te las arrebato, y ya son cicatriz imperfecta, fibra viva, expuesta, llena de latidos, de peso.

Tus ojos, hermosa, no fueron hechos para ese dolor. Tu boca, diseñada para sonreír, para retener mis besos, para suspiros, para palabras dulces, tendría que desconocer el sabor del 85% de agua, la glucosa, la albúmina, la globulina, la lisozima, el sodio y el potasio, juntos en esa bolsita barrigona que se te deja ir entre la boca.

Te amo de una manera única. Infinita. Puntual, decidida, extensa. Te quiero amar y amo amarte hasta el momento en que empiezo a amarte más. Soy más que repetidamente imperfecto, más que defectuoso.

Así, jamás me imaginé diciendo para siempre. Soñando para siempre. Pensando en estar junto a alguien más allá del siempre, en el no-empre, en el después, en el mientras, en los rastros de fuego del tiempo imposible.

Pero si, aquí estoy, parado frente a ti con mi amasijo de torpezas y mi archivo de dolores por desarmar. Tengo un plan extendido frente a ti, en el que detallo cada manera de amarte desde hoy hasta ayer y te envuelvo con el para arroparte del frío.

Vida mía, vida mía, vida mía. Nada en mí me pertenece, más allá del deseo de ti, las ganas de ti, la necesidad de ti.

Quiero reparar mis esquinas peligrosas, los baches en que mis gestos tropiezan, los accidentes que pueblan mis vías. Quiero allanar el terreno donde tu piel se desliza y recostarte tranquila en mis bordes irregulares, previamente protegidos con sudor del algodón.    

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