martes, 1 de febrero de 2011

Círculo


Salí anoche a trazar el mapa con algo de espanto. Alcanzaba las paredes con la punta de los dedos, espesa, invisible, fría, amable, rugosa; demasiado indescriptible con el tacto para poder decir con seguridad que era de alguna forma o de algún color en específico.
He soñado después con árboles invisibles y espadas de agua. El sueño era un tanto complejo y casi sospecho que contenía un mensaje fundamental. Yo realmente quería soñar con una llanura tranquila donde cada objeto fuera reconocible y pasivo, en donde me sintiera en un lugar conocido. Quería entonces que esa atmósfera me fuera familiar y que anoche mi sueño hubiera sido ese.
Tengo frío, sospecho que tengo frío. Creo que anoche también tenía frío. Recuerdo ahora las historias leídas acerca de personajes que están en parajes parecidos a este desconocido que habito. Normalmente no saben si sueñan o si son imaginados o si realmente no existen. Ahora quisiera ser uno de ellos y descansar cuando los ojos se apartan de la página, no ser lo que soy ahora, lo que creo que me define de manera cierta y lapidariamente verídica.
Tengo tiempo, puedo pensar en tratar de dibujar el mapa de nuevo, ahora que todavía me acompaña algo de luz. Pero me parece ilógico e inútil cualquier propósito, emprender cualquier tarea. No se trata de fatalidad. Tal vez de pereza.
Pienso. Imagino un camino despejado que me invita a perderme. Al mismo tiempo, con los ojos muy abiertos veo una mujer que camina a lo lejos y que no me esfuerzo en alcanzar. Mis manos sudan. Por los dedos que rozan el suelo se me trepa una hormiga sigilosa que estripo inmediatamente contra mi torso.

No sé que es este instante. No sé que es realmente lo que ocurre. No sé, si tuviera que contarlo,  que es lo que veo, que es lo que me pasa. No sé si me define ahora aplastar a la hormiga, las piernas de la mujer o la tentación del camino. Insisto: no dudo que soy real y estoy aquí, ahora. No dudo de la realidad que me circunda. Pero no puedo pensar con exactitud que la define, o mejor, escoger que la define, si acaso es mi tarea.
He decidido no ponerle tanta atención a lo que ahora pienso. Recuerdo mejor. Exhalo. El otoño del 66, una época dorada en la que el mundo no había decidido sus flancos y la vida empezaba a convulsionarse en la revolución… La primavera de 1811, cuando no existía aún la napoleónica pieza de Tchaikovsky y no importaba el olor ni la piel tersa… Pasado mañana cuando me pregunten por el mapa y yo no tenga ninguna respuesta y vuelva a excusarme y les diga que no puedo ofrecerles café porque mañana habré olvidado ir a conseguirlo en la unidad de racionamiento…
Que refrescante. No he podido encontrar nada igual a andar por los caminillos que han trazado las pisadas de otro, sobre el pasto. Seguir la línea de la carretera me ha parecido siempre demasiado formal y siempre he considerado neurótico el hecho de doblar justo por la antinatural esquina cuadrada, bordeando el ángulo y jugando a la rectitud del trayecto.
No ha funcionado, no he logrado distraerme. Aceptaré este día tal y como pasa. Me vendrá bien algo de conformismo. Dejaré de escribir así. Giros radicales, eso hace falta. Digamos que es de noche en una ciudad sin nombre que no posee un mapa. Digamos que ese mapa no hace falta porque hace tiempo alguien lo ha decidido. Al otro día, alguien tiene que empezar a escribir una historia, pero pensemos en que se queda dormido. Y sueña, y no sonríe.