martes, 22 de junio de 2010

Amar y yo

Dame lumbre no más. Quédate quieto, desplaza este martes de torreón, despliega el mástil. No creo más en tus suelas de canicas, en tu velo de pirata a media voz. He dado media vuelta y te he dejado solo. No te das cuenta en medio de tu pirotecnia y tu frenesí.
Sabes que a veces hiero mucho. No más. Espera el tiempo en que te despliegues del todo y puedas verte con claridad, salir del fondo, arrancar en neutro la luz. Dame lumbre. No más.
Otra vez media vuelta. Escancia tu saliva, fuma tus culpas. Luces libre desde aquí, estás incómodo. Date por vencido y no lo intentes. Arruga esto, vuelve la cabeza, acierta ese tiro. Hemos clausurado esta noche. Sal de ella. No hay nada más que ver.
Aprieta tus cordones de nostalgia. Abrígate bien con tu cobardía sucia. Es de noche en otra ciudad. Parece fuego. Hace tiempo que no sabes volver. Te cubres la cara, te escondes detrás de la barda de metal. Empuñas las manos. Inútil. Esperas no sé qué.
Lo básico, clásico. El detalle detrás. La sombra roja. Hemos dado vueltas mucho tiempo. Dos días y medio, dos mediodías, dos días medios.
Aniquilados, exiliados, destrozados. Hemos fundado algo nuevo, vacío, fresco. El aire va, no se queda. Nada se queda. Nada hay. Nada vuelve. No sabes volver. Dame lumbre no más.
Inventa algo. No sudes. Algo falta aquí. Vuelve. Hace tiempo que no sabes volver. ¿Sabes cantar? ¿Soñar? ¿Entiendes mis gestos? ¿Eso es lumbre? Luces libre desde aquí, estás incómodo.
Falta poco y estás entero. No quiero mirarme y hace calor color niebla. Tiritas. No me gusta callarme, algo me persigue si callo. He perdido el papelito donde anotaba el nombre y el número de teléfono. He perdido la voz, he perdido algo, lo sé. Era cierto, creo.
¿Eras tu? ¿En el Cinema aquella vez? Si, estaba oscuro, nadie se miraba. Olía bien esa noche. Sabes como es. No, era domingo. Déjame reconstruir la situación. ¿Recuerdas?
Eras otro, abrías la portezuela, sonreías. Preguntabas si quería encender mi cigarro caro...

jueves, 17 de junio de 2010

LA

Atrás, pasando el callejón, sobre la pila de basura, estaba la corbata gris que le había quitado. Ya lo sabes, la tentación, la mala conducta. Él era el resumen, la síntesis, el objeto de objetos. Tenía algunas canas, algunas arrugas. Seguro ya se había enamorado y sabría algo de mujeres.
Puso dos copas rebosadas de Havana Club sobre la barra y yo no pude rechazarlo. El no sabía. No sabía.
Repitió el ejercicio de las copas una decena de veces y fue suficiente. Hablamos de cosas parecidas a las formas del humo de cigarrillo que nos envolvía. Le advertí a medias, sin demasiadas ganas, sabiendo que nunca podría descifrarlo. Los hombres están imposibilitados genéticamente para entender las cosas importantes que una mujer dice.
Salimos del Bar, doblamos la esquina y se abalanzó sobre mí. Tuvimos un encuentro torpe pero intenso. Supo acomodarme bien entre la pared y la tenue sombra que dibujaba la bombilla gastada de la esquina. Luego el incómodo después. Explicarle. Él no sabía.
Caminamos por la Avenida T hasta el monumento a La Derrota. Inhalamos un par de veces y tomamos un par de tragos de una licorera pequeña que cargaba en el bolsillo de atrás. Creo que era whisky. No tengo idea. No importaba.
El seguía haciendo preguntas y yo desviaba los caminos de la conversación hacia lo oportuno que me parecía que consiguiera un taxi junto a la entrada del parque. Caminaba, nervioso. No sé si eran llaves o monedas lo que sonaba en sus bolsillos.  
Intentaba agarrarme la mano. Yo lo soltaba. Sonreía nervioso. En mi cara tenía instalado un gesto de signo de interrogación, de pared en blanco, de mosca muerta.
Era ya demasiado tarde. El no lo sabía.
Empecé a caminar hacia los árboles, el me perseguía.
Luego, directamente hacia el callejón. Por primera vez dejé que se me escapara una risilla explícita. No lo veía pero escuchaba sus pasos. Creo que cuando escuchó el eco de mi risa lo supo. O no. Ya no importaba. Ya era tarde y tenía ganas de subir a mi apartamento. Sentarme frente al televisor viendo cualquier cosa. Desmancharme las uñas. Usar ese esmalte bellísimo que no había querido estrenar. Creo que es rojo o café. O vino tinto. No importaba. 

lunes, 14 de junio de 2010

Ojos primitivos

En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no forma figuras de terror y de gloria.

Vacío gris es mi nombre, mi pronombre.

Conozco la gama de los miedos y ese comenzar a cantar despacito en el desfiladero
que reconduce hacia mi desconocida que soy, mi emigrante de sí.

Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración.

Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya
más imágenes): el silencio de la comprensión, el silencio del mero
estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

Alejandra Pizarnik. En El infierno musical. 1971.

jueves, 10 de junio de 2010

Coincidencia

Era la primera vez que intentaba bailar el vals. Uchida había dedicado su cuerpo a la tierra y a la sangre. Sabía sembrar, sabía matar pero definitivamente no tenía idea de bailar el vals.
Tea había aprendido desde niña a tender su cama, tocar el piano y bailar el vals. Tenía los pies pequeños y gráciles, el torso fino y exacto.
Uchida había aprendido a reconocer el olor de la savia con las manos y su fusil. Sabía, sin dificultad, si algo o alguien vivía o moría –que aunque se crea, no es labor sencilla. No reconocía agonías ni desdobles. Sustancia y esencia en la textura de la raíz, en el color de la sangre.
Tea había aprendido a soñar. Podía reconocer lo real de lo ilusorio –asunto nada fácil- y su cuerpo sabía reconocer el aire que la envolvía, entender si era suspiro vago o brisa.
Uchida salía en las noches a caminar solo. Tenía la costumbre de mirar muy fijo a los transeúntes que se le cruzaban.
Tea dormía desde temprano, cuando el sol apenas caía y se postraba la luna en el regazo de la noche.
Siempre, a la misma hora, escribían. A mano, en papeles amarillos, con tinta negra. Nunca empezaban en la primera línea porque sentían que era el lugar dispuesto para la frase equivocada.
Una a una, sus páginas se llenaban de garabatos sin culpas. Sin calcularlo, cada 8 minutos levantaban la cabeza al unísono y se decían: ya está. Se mentían. Eran necesarios 3 minutos de silencio, de posar la mirada en ninguna parte e invertir otros 15 en llenar de nuevo páginas amarillas con tinta negra formando espacios.
Ese día, Tea, en la primera línea, desubicada entre lo tenue de la luz y el olor del frío, había escrito: Era la primera vez que intentaba bailar el vals.
Uchida, torpemente, había escrito en la segunda línea: No soporto los bailes de salón.
De ahí en adelante, en los gruesos folios que seguían, Tea y Uchida bailaron y dejaron de bailar entre garabatos de tinta negra, perdiéndose en corredores perpendiculares, aislándose. Algún día sabrían del otro, cuando ya necesariamente fuera demasiado tarde y el olor de la sangre y los suspiros vagos y el compás del vals…