jueves, 17 de junio de 2010

LA

Atrás, pasando el callejón, sobre la pila de basura, estaba la corbata gris que le había quitado. Ya lo sabes, la tentación, la mala conducta. Él era el resumen, la síntesis, el objeto de objetos. Tenía algunas canas, algunas arrugas. Seguro ya se había enamorado y sabría algo de mujeres.
Puso dos copas rebosadas de Havana Club sobre la barra y yo no pude rechazarlo. El no sabía. No sabía.
Repitió el ejercicio de las copas una decena de veces y fue suficiente. Hablamos de cosas parecidas a las formas del humo de cigarrillo que nos envolvía. Le advertí a medias, sin demasiadas ganas, sabiendo que nunca podría descifrarlo. Los hombres están imposibilitados genéticamente para entender las cosas importantes que una mujer dice.
Salimos del Bar, doblamos la esquina y se abalanzó sobre mí. Tuvimos un encuentro torpe pero intenso. Supo acomodarme bien entre la pared y la tenue sombra que dibujaba la bombilla gastada de la esquina. Luego el incómodo después. Explicarle. Él no sabía.
Caminamos por la Avenida T hasta el monumento a La Derrota. Inhalamos un par de veces y tomamos un par de tragos de una licorera pequeña que cargaba en el bolsillo de atrás. Creo que era whisky. No tengo idea. No importaba.
El seguía haciendo preguntas y yo desviaba los caminos de la conversación hacia lo oportuno que me parecía que consiguiera un taxi junto a la entrada del parque. Caminaba, nervioso. No sé si eran llaves o monedas lo que sonaba en sus bolsillos.  
Intentaba agarrarme la mano. Yo lo soltaba. Sonreía nervioso. En mi cara tenía instalado un gesto de signo de interrogación, de pared en blanco, de mosca muerta.
Era ya demasiado tarde. El no lo sabía.
Empecé a caminar hacia los árboles, el me perseguía.
Luego, directamente hacia el callejón. Por primera vez dejé que se me escapara una risilla explícita. No lo veía pero escuchaba sus pasos. Creo que cuando escuchó el eco de mi risa lo supo. O no. Ya no importaba. Ya era tarde y tenía ganas de subir a mi apartamento. Sentarme frente al televisor viendo cualquier cosa. Desmancharme las uñas. Usar ese esmalte bellísimo que no había querido estrenar. Creo que es rojo o café. O vino tinto. No importaba. 

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