martes, 25 de mayo de 2010

Cómo medir la masa molecular media de un polímero de producción lineal…

La única condición fueron sus soledades. El único insumo sus deseos. Las únicas dificultades, los cambios horarios, los chichones de las almohadas. Esto no debió haber pasado. Léalo y olvídelo. Registre apenas lo necesario para seguir la trama. El amor no es realmente probable.

Algunos inviernos atrás, Horacio (HClO4 en las listas del Colegio, la cédula, las multas de tránsito, las cuentas de Bar…) había logrado idear un poderoso sedante para el frío del Norte, que consistía en una calculada mezcla de cosas que encontró en su casa, y que se llenan de polvo en casi cualquier alacena de vivienda común. Después, había conseguido sintetizar un elemento incomprensible de su primera incursión fallida en la desolada cocina de su piso, un outsider de la tabla periódica que nunca inscribió, ni nombró ni compartió con nadie y que aún cree que guarda en una conserva de compota, junto a los datos descriptivos (anotados en el reverso del acta de defunción de su madre), en la repisa donde aloja sus huéspedes olvidados: La biblioteca de su padre sobre Polímeros de producción lineal.
Ese mismo año, Page (Cyperus Papyrus en la cuenta de facebook, las facturas, el regaño de la madre) había escrito una fórmula que le permitía encriptar poemas en las marcas de conservas y en las vallas de las estaciones de tren. También había logrado camuflar un cuento de Arreola en el menú impreso de un famoso restaurante, a las afueras de Londres. Días después escribió, en versos alejandrinos, las formas que descubría en las manos de la gente que conocía. Las grabó en parafina y las dejó en la zona de promesas que se deja debajo de los santos de la devoción colectiva.
H Tenía obsesiones que no dejaba guardadas jamás y P tenía dos o tres cosas en qué pensar a la semana.
H y P no tendrían porque haberse conocido o coincidir. Estaban en cadenas sociales distanciadas y se dedicaban a cosas que no tenían nada que ver. H era el director de una reconocida empresa de producción de ropa interior para personas con temperamento irritables. P era la asistente atea de un sacerdote ciego que lloraba todas las noches.
Los dos hacían como si disfrutaran sus vidas. H había salido con algunas promotoras del departamento de Mercadeo y las había cortejado sin ganas. P, se había dejado seducir alguna vez por un par de creyentes que no olían bien y con quienes nunca dormía.
Sabían los dos que era posible estar por fuera de los enlaces. Estar merodeando desapercibidos los sucesos de otros, moléculas afanadas en un andar inconsciente de mezclarse y transformarse. No podría decirse que tal acción de evadir la permutación les fuera completamente permitida, pero habían logrado separarse del resto, evadiendo sus uniones sistemáticas.
Algún día (cualquier día) H salió a buscar un patrón en la disposición de las cervezas en el supermercado del vecindario. Se paró lejos, mientras se acariciaba la barbilla. Cuando hacía un recorrido azaroso entre las latas de colores y los envases de cuello largo, descubrió a una mujer diminuta agarrando envases y latas que devolvía a su sitio con un adhesivo superpuesto sobre la descripción de la composición.
Curioso, H se acercó, cogió uno de los envases de una cara cerveza importada y leyó la etiqueta:
-          Esto no es una medida desesperada. Es apenas el comienzo de una medida desesperada. No es tampoco un líquido ni una evasión. Cuando beba esto, piense en mí. Déjeme invadir este momento, extraño.
Todos los envases y latas tenían la misma inscripción. H pensó que era una medida desesperada. Cualquier podría leerlo. Era un mensaje ridículo, sin destinatario específico. Sin embargo pensó en ella.
Alcanzó a notar cuando la mujer diminuta salía del Supermercado y la siguió hasta un modesto edificio que colindaba con un pequeño templo al que no le vendrían mal un par de brochazos. La mujer entró afanada y soltó la puerta que chirriaba.
H consiguió retenerla antes de que se cerrara gracias a un lentísimo mecanismo automático. Siguió los sonidos de los pasos, casi imperceptibles, casi etéreos. Miró a P mientras buscaba las llaves y se acercó con cautela. En medio de la dedicada operación que constituye para toda mujer una búsqueda en su bolso, P levantó la mirada sin temor. En frente descubrió a un individuo anodino que bebía una de las cervezas que había marcado.
[Encontró las llaves, abrió la puerta y le indicó al sujeto que siguiera por el pasillo. En el lugar no había luz, salvo por una vela gigantesca que sostenía una llama mínima]
 H hablaba un extraño idioma anglosajón que combinaba usualmente con algún término médico. Nadie lo entendía realmente. P amaba las palabras y podía comprender casi cualquier cosa que  fuera dicha.

-         - 5 milligrams of Valium. I’ll try to make psychedelia. Even the worst nigthmare, i would try to share. 3 of Prozac. Give me a death body to kill -Dijo H.
-          (P se paraba detrás de H y le hablaba de Ignatius Reilly, de Charlie Parker, de Gregorio Samsa. Cuando H seguía la voz, P estaba en otro lugar soltándole sobre las sienes sonetos de Quevedo y fragmentos de Las Flores del Mal).
H decía entonces:
-          - Magic is boring and sentimental and i need a cup and a test tube.
-          (P le susurraba al oído su sueño del día anterior, que algo tenía que ver con los modales de los laicos en las citas a ciegas).

Sin que se dieran cuenta, comenzó a pasar el tiempo. Compartían casi cada espacio sin que nadie lo notara, ni ellos mismos. Recorrían la ciudad juntos, pero como dos desconocidos. En las noches, se encontraban en la misma cama y de maneras que aún no comprenden se miraban extasiados desnudos y en medio de un placer que no comprendían.
Sus rutas se encontraron. Terminaron en un mismo apartamento, lejos del Templo, sin notarlo. No sucedía nada que pareciera especial a los ojos de nadie.
Algún día, P se acercó a una vieja repisa que H había traído de su casa. Miró una conserva en la que reconoció una de sus etiquetas:
-          El tiempo no transcurre. Los momentos no pasan. Esto no es real. El amor no es posible. Mientras abre este recipiente, piense en mí.
Miró un papel amarillento al lado de la conserva y terminó mareándose. Lo dejó en su lugar. Cogió el libro que se hallaba al fondo y empezó a leer la pregunta que inauguraba el primer párrafo:
¿Cómo medir la masa molecular media de un polímero de producción lineal?
Siguió leyendo el pesado tomo, como si lo entendiera, sentía que creaba una historia de amor y que no le hacía falta nada más. Le importaban esas letras, que eran las mismas con las que había logrado inventarse. Desordenaba las frases densas y las transformaba en suspiros dentro de su cabeza. La química entonces se trataba del amor incomprensible que sentía por H. También las puestas del sol. También las etiquetas. También sus lágrimas. P se dormía todas las noches en el pecho de H, mientras él resolvía una ecuación y calculaba el despertar.  Ella soñaba con una manera de dejar mensajes en los cigarrillos y en cómo podría lucir un polímero enamorado, a todas estas.

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