jueves, 29 de julio de 2010

Nacimiento

Recuerdo que en la ecografía aparecía un bulto indescriptible que el médico de turno llamó mi hija. Tú te quedaste impávida, con un gesto sin gesto, convulsa, pálida. Imagino que pensabas como yo que era necesario imaginar un poco, trascender, ver más allá de lo evidente y proyectar que esa sombra de algo era el producto de esa noche de ojos blancos y poca luz, de mucha histeria en medio del incómodo back seat de mi Ford antiguo.

No podría recordar su forma, definirla, pensar que era bella, en esa pantalla de pocas pulgadas. El médico señalaba montañas y simas, como delineando una masa, como uniendo puntos invisibles en la bóveda del cielo, tratando de convencernos de que aquel filo distorsionado era su rostro, que sus piernas eran un par de hilos perdidos entre el líquido amniótico, que tenía buena contextura, y la espalda se le arqueaba a la derecha…

Supe de mi hija entonces -que en supuesto existía- supe que había alguien dentro de ti y que mi deseo la había empujado hasta allí. No podía salir a comprarle cosas porque no tenía idea del color que le quedara bien, ni de la longitud y el grosor de sus piernas. Me decían todos que eran medidas estándar, pero yo entiendo que somos necesariamente particulares y que una mujer jamás querría ponerse algo “estándar”. Podría ser un bulto por ahora, pero dentro de poco empezaría a decidir caprichosamente y a esperar que su padre supiera bien que darle de regalo, de acuerdo a la manera de sonreír, a la contextura del llanto y el color de las manos.

Si, tú y yo ya sabemos su nombre. Sabemos bien cuál será su diminutivo y su apodo. Sabemos que nuestros apellidos riman bien con la penúltima sílaba y que será hermosa. A ti te gustaría que tuviera mi color de piel y que le encantaran los libros. Sería fundamental que tuviera tu dentadura  y que el fútbol no le pareciera un deporte demasiado salvaje.

Hubo otros detalles del bulto definiéndose cada cierto tiempo. Pasábamos por el mismo cuarto y en la misma pantalla ella parecía tomar forma. Se acercaba el momento y no podíamos configurar ningún escenario seguro para definirla. Tú la sientes y seguro ya sabes muchas cosas de ella. Yo apenas si puedo escribirle.

Me dijiste que hoy era el día. Algo se rompió en ti y enseguida encendimos mi Ford culpable. Llegamos relativamente rápido, el tráfico fue generoso con ella. Hace un rato ya que entraste sudando y con los ojos desorbitados a esa habitación. Yo creo que le gustará el chocolate, el lila y que tendrá dos o tres de las cosas tuyas a las que me costó adaptarme. No sé si le gustará mi rostro y la forma en que le leeré cuentos.

Es tarde ya. Creo que la oigo, estoy seguro de que me llama. No se trata de su voz, ni de las palabras que no puede articular. Se trata de todo lo que no sé de ella, toda la forma de mi deseo, toda la imaginación de mis letras. Se trata de su nombre. Su nombre me llama.

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