jueves, 14 de octubre de 2010

Ella

Su nombre es mi lema y sabe escribir el amor con letra fina.
De vez en cuando no sonríe y a veces huye. Sabe como encerrar un gato y hacer parejas de Mahjong.
Es irresistible el suspiro y la contracción al oírla leer e imposible no extasiarse cuándo se le lee.
Leerla verticalmente, sobre una pantalla o un papel es encontrarse con una voz que dobla los renglones y construye espirales y túneles por los que se dejan ir los ojos en caída libre.
Sus ojos. Sus ojos son esferas de luz que terminaron posándose entre sus párpados y que muchas veces me han indicado el camino en la oscuridad.
Me gustan sólo los silencios donde está y los días donde resueltamente hace algo para enamorarme más.
Leerla verticalmente es extasiarse, humedecerse, gozarse. Nunca ha sido tan feliz mi cuerpo como cuando ella lo toca y lo seduce. Me encantan sus ojos fijos cuando paso mis dedos por sus páginas y me invento las historias de cada capítulo de su piel. Suelo perderme en su espalda, perseguirme en sus ojos, dormirme en sus nalgas, treparme en sus piernas, encontrarme en su pecho, volar en sus labios. Sé que le gusta el sabor ácido y The Clash. Que no confiesa en público cuánto le gusta Alex Syntek y que su voz se vuelve más aguda cuando me susurra.
Su lugar es mi hogar y tiene en sus hombros un tatuaje constante de mis labios. Sabe describir enlaces, polímeros y gemir en la oscuridad o en la luz.
Le gusta la tristeza y la sonríe, cuando a tientas se encuentra con Alejandra o Silvina. Se entrega sin límites y me ofrece sus manos en la marcha, en el sueño, en la caída.
Huele bien y suda solo en mis brazos, cuando me entrega su calor y sus lágrimas de placer.
A veces no entiendo como pude vivir sin ella y conservarme tan tranquilo. Parte de mí la recuerda desde antes de siempre y la otra está segura de suspirarla más allá del infinito.
Cómo me gusta su pelo, cómo disfruto su lengua, cómo me encuentran sus palabras... creo que ya mi vida es su conquista inevitable...

Descubrir

Hace apenas unos días que el viento la está modificando. Una gigantesca montaña de arena que nunca tuvo nombre particular y a la que nos habíamos acostumbrado se está despedazando en frente de nosotros, devastada por fuertes y extraños vientos que no conocíamos. Algunos viejos se arrepienten ahora de no haberle puesto un nombre que la hiciera Una; hace años, cuando creían que esa formación que habían encontrado al talar el Bosque, desaparecería tras un par de noches. Siempre estaban esperando un amanecer en el que el paisaje no estuviera invadido por ese bulto de arena olvidado y cada mañana se encontraban con su estar incólume y despreocupado.
Cuando se veían tentados a nombrarla tenían largas y airadas discusiones sobre la inminente desaparición de la montaña de arena y se convencían a sí mismos de que esa misma semana había comenzado a deshacerse. Con el tiempo notaban que nada pasaba y terminaban por acostumbrarse a ella, dejándola desaparecer en el uniforme dibujo de la rutina, que hacía que aún las casas desaparecieran en compañía de todas las cosas que no cambiaban. Nunca siquiera inventaron historias, ni se propusieron especular sobre sus orígenes y su importancia. Nunca fue un elemento que destacaran en las visitas de turistas o curiosos –pese al asombro inicial- y lograban desviar la atención hacia el primer ladrillo del pueblo, conservado en un promontorio de cemento, casi en el centro de la Plaza principal.
Secretamente, todos se preguntaban si ocultaba algo o jugaban con esas historias falsas e incompletas que sin muchas ganas habían surgido de algunos nefelibatas que no habían encontrado qué hacer en cualquier tarde. Realmente nunca había existido esa gigantesca prominencia del piso, estaba ahí como un papel blanco encima de una pared blanca, invisible, sin notarse, silenciosa y a la vez tumultosa en medio de la nada que era ella misma.
Poco a poco su tamaño disminuía y cada mañana nos sorprendíamos más y nos parecía más visible. Muchos expresaban su deseo de hacer algo por la montaña pero ya nada tiene sentido. Otros ocupaban el día mirando la brisa alcalina y preguntándose si la montaña ocultaba algo, si cuando la arena desapareciera completamente se encontrarían con un tesoro escondido, los huesos de los primeros pobladores, un avión caído -del bando derrotado-, un alfiler oxidado, una colección de zapatos, una casa, un hueco.
El pueblo jamás había estado tan silencioso. Ni siquiera cuando se fue la luz durante dos meses y esa oscuridad, ese silencio de la luz, nos obligaba a todos al mutismo. Ahora, una cierta tristeza, una disimulada nostalgia gobernaba todos los rostros. Pasan los días, el aniversario del ladrillo, las fiestas del Árbol gigantesco, la época de navidad y nadie celebra. Todos se sienten desautorizados para sonreír por una inconsciente orden de la montaña.
...Ya el paisaje ha cambiado. Queda muy poco de la gigantesca sombra. Todos estamos al frente de los últimos granos que se dispersan. Algunos guardan un poco en tarros de vidrio que en unos días lucirán encima de las chimeneas o en las mesas de al lado de la escalera. Ya todos sabemos qué cubría, qué guardaba. Este silencio cómplice nos delata. Ya le damos la espalda, caminamos hacia el quicio de las puertas. Nos despedimos amablemente alzando las cejas, levantando la cabeza, agitando las manos. Todas las puertas se cierran. No hay nadie afuera.