Y todo sigue así, ya ves. Uno, dos pasos y el dolor y las lágrimas que emergen como un roto invisible, ocultado por el vaho de la niebla, el estertor de no sé qué oscuridad temporal y el ciclo de las coincidencias. Nada ha podido ser distinto desde que nos entregamos al discurrir inconsciente de los días sin espera que se amontonan, uno sobre otro, dejándole pequeños espacios al frío y la espesura del aire.
Creo que ha pasado poco tiempo y las horas subjetivas parecen ya un empaque amalgamado de sueños que se han vuelto asfalto. No podría hablar del optimismo ni de las expectativas ni del invierno lacerado que precedía el amanecer. Nos hemos convertido en un suspiro común de esos niños que éramos cuando no sabíamos que era el amor. Nos hemos enfrentado al silencio que seremos cuando las palabras nos dejen sin habla.
Ahora que sabemos que nada va y el tiempo. Ahora que seguro nada pasa y tierra. Ahora que de vez en cuando. Ahora que encuentro y amígdala. Ahora que chapuzón y gloria. Ahora que lirón y estiércol.
No podría devanar el asunto. Decirte, mirá las cosas son así, o así debieron ser, o que bueno es el aroma de la mañana. Ha pasado ya el momento de la teleología y la medición. Si hemos fracasado en el intento, hemos sabido acuñarnos al error del abismo y atarnos a esa tierna espesura del final que es el principio y es cada minuto muerto que no conocemos.
Unas veces es mejor que la marea baje y sea posible cruzar del uno al otro, sin dificultades. En otras, se debate en cada paso la vida y la quietud cuando se va del otro al uno, en medio de esa alargada sonrisa que es el deseo. Siempre será bueno enfrentarse al encuentro sin saberse seguro y no dejar que claudique la dirección de los brazos.
Por ahora, punto. Seguido.

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