viernes, 3 de diciembre de 2010

Cumpleaños

No se puede llegar tarde a la cita. Que conveniente. Cada 365 días (aproximadamente) se tienen que aumentar el número de velitas en el ponqué, esforzar de más la voz para pronunciar la edad y cambiar el garabato en los papeles, los certificados, las solicitudes.
Desde hoy, cuando te pregunten cuántos años tienes, te equivocarás un par de veces. Será difícil acostumbrarse a que es uno más, encima de otro, y que durante un año la rutina se transforma.
Estoy a tu lado. Te puedo mirar de cerca y decirte feliz cumpleaños. Susurrarte, feliz cumpleaños. Escribirlo en un papelito que encontrarás. Desear que tengas un bonito día y hacer cosas para que eso suceda.
Es maravilloso. Es egoísta. Es egoísta lo que estoy a punto de decirte.
Hoy descubrí en mí una felicidad inadecuada.
Es decir, claro, te amo, me haces feliz, cumples años, recibes muestras de cariño durante todo el día, mensajes, llamadas, abrazos, besos. Hasta cierto punto está bien que esté feliz porque te quieren, porque muchos saben lo especial que eres y hoy te lo recuerdan. Y yo tengo un lugar especial.
Pero la alegría va más allá. Hoy estoy feliz por mí. No solo porque estoy contigo hoy y te puedo decir un millón de veces, feliz cumpleaños. No, no solo por eso. Hoy tengo que agradecerte. Me has ayudado a saber que hoy celebro el día más importante de mi vida. El día en que mi vida sin saberlo, desde antes de ser, sonrió.

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