Benignísimo Amor de infinita hondura, que tanto brota de sus hombros, que alimenta mi deseo en cada prenda que nos roza, retira mis miedos de las vírgenes entrañas de la entrega, dame su saliva para mi salud y remedio.
Yo, en nombre de las células que me componen y me inventan, os doy infinitas gracias por tan soberano beneficio.
En retorno de él os ofrezco las palabras, los vacíos, y demás virtudes de vuestro suspiros humanados, suplicándoos por sus alcances, sus consecuencias, por las posibles incomodidades con que la abrazo, por las tercas lágrimas que derrama en los intersticios de la sonrisa; que dispongáis mi corazón con humildad profunda, con impermeables y hálitos, con total desprecio de todo lo terreno, para que este beso recurrente, recién nacido, tenga en sus labios la cuna y more eternamente.
Amén

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