sábado, 31 de julio de 2010

Perchero


Era extraño que a su cabeza aún se le pudiese llamar así. El día que por fin abrió los ojos, todos temimos por sus primeras palabras porque según el especialista el daño era incalculable y los efectos, desconocidos.
Despertó en medio de una soledad inenarrable. Nadie supo como fue el proceso de su vuelta a la conciencia en medio de ese pabellón aislado del ala este. A los pacientes en coma los dejan en punto final, cerrando paréntesis, en una sala que más se parece a una bodega de enseres que a la sala de cuidados de una reconocida clínica de recuperación.
Cuando alguien sale de ese pabellón se queda dudando de si, al salir, tratarán a los cuerpos como muebles o los taparán como en las casas vacías de las películas, con sábanas blancas o plásticos gruesos. Imaginaría usted a los familiares ya faltos de sensibilidad o a los visitantes de turno imaginando que “aquel que tiene los brazos levantados, puede convertirse en una cómoda silla”…”esos dos hombres sentados y en otra posición articularían una mesa de tamaño decente”…”habría que venir a tomar el té”…
A él lo imaginaban siempre como un perchero. Sus articulaciones en permanente semiflexión, la cabeza gacha como en cierta posición descuidada de cualquier hombre que se queda sentado viendo en la televisión los programas nocturnos consistentes en ventas de artículos inútiles y diversos o de rifas y acertijos, conducidos casi siempre por una mujer de partes prominentes y carentes de dicción decente, sin la ayuda de un telepronter.
Despertó en medio de una soledad inenarrable. Reaccionó como quien se distancia de un sueño incómodo y pesado, frotando sus ojos con fuerza y seguramente pensando en las frases que escuchó de Morfeo, sintiendo que habían pasado algunas horas.
Se dio cuenta, de pronto, de que en ese lapso, para él incalculable, había olvidado las cosas del mundo y, sobre todo, la forma de llamarlas.
Agarró de la mesa (de madera y metal; no de hombres) un bolígrafo que el médico de ronda había dejado por olvido o desinterés. Le dijo cigarrillo y le pareció recordar que trataba de dejarlo. Le hacía mal utilizar ese instrumento rígido que le manchaba los dientes y que tantos dolores de cabeza le causaba, que le estaba robando la vida y que parecía tan inofensivo.
No reconoció las letras doradas que dibujaban en relieve las palabras Mil y una noches. Cogió el objeto de la mesa, sintiendo ese peso indescriptible, un peso entre imposible y etéreo que adornaba ese trozo de comida. Así le llamó. Alimento, también podría decirle, lúcido y sinonímico. Reconstruyó una escena de su pasado en el que un viejo de bata blanca le decía que tenía que dejar de comer en exceso, evitando los alimentos pesados y espaciándolos adecuadamente. Dejó el objeto otra vez sobre la mesa, no sin sentir un poco de repulsa y náuseas por ese rectángulo grueso que pudo haberlo condenado a la muerte.
Miró a los otros acompañantes, levantándose difícilmente del camastro (de metal y plumas, de algodón y lana; no de hombres). Comprendió que cada uno era distinto y supo comprender que tenían diversos usos. Aquel sería un excelente padre, de brazos fuertes, cabello abundante. Esa sería una amante dedicada y dulce, de caderas generosas y labios carnosos. Ese, sería una cómoda silla, ellos dos, juntos, una firme mesa de té. Los llamó fantasmas y recordó que lo rondaban en otros tiempos, alteraban sus nervios y habían logrado que se mudara de varias casas. Se vio caminando por congestionados andenes, entre esos espectros a los que, ahora recordaba, les tenía pánico.
Miró la puerta, las pequeñas ventanas, la luz afuera. Supo que eran laberintos de distintos tamaños y tuvo la certeza de ser excesivamente distraído para meterse en cualquier recorrido críptico. Miró los fantasmas, tuvo miedo; los laberintos le generaron un profundísimo mareo. Sintió ganas de fumar y lo sonrió inútil. Luego, hambre, pero le parecía demasiado corto el tiempo para dejar tanto sin comer, a medias, con luz tan baja.
Volvió a esa cama vacía, donde distinguió la huella de su cuerpo. Se alivianó en esos cómodos rastros y se sintió pleno. Sintió que ese era su lugar y que no tendría que aventurarse al afuera. Cerró los ojos. Pareciera que se había quedado dormido después de un aburrido programa de historia natural. Fue feliz de nuevo.

2 comentarios:

Juan Mauricio Peña dijo...

Parce, al principio creí que iba a especular con lo que sería el despertar de Cerati. Luego creí identificar plenamente el despertar de Borges. Al final, no supe muy bien. ¿No había por ahí un dinosaurio? Muy chévere la entrada.

Juan Mauricio Peña dijo...

"Cuando nadie me ve, puedo ser o no ser..." Como no se lee esta vaina, se puede cantar a todo pulmón a Alejandro Sanz y no pasa nada.