jueves, 10 de junio de 2010

Coincidencia

Era la primera vez que intentaba bailar el vals. Uchida había dedicado su cuerpo a la tierra y a la sangre. Sabía sembrar, sabía matar pero definitivamente no tenía idea de bailar el vals.
Tea había aprendido desde niña a tender su cama, tocar el piano y bailar el vals. Tenía los pies pequeños y gráciles, el torso fino y exacto.
Uchida había aprendido a reconocer el olor de la savia con las manos y su fusil. Sabía, sin dificultad, si algo o alguien vivía o moría –que aunque se crea, no es labor sencilla. No reconocía agonías ni desdobles. Sustancia y esencia en la textura de la raíz, en el color de la sangre.
Tea había aprendido a soñar. Podía reconocer lo real de lo ilusorio –asunto nada fácil- y su cuerpo sabía reconocer el aire que la envolvía, entender si era suspiro vago o brisa.
Uchida salía en las noches a caminar solo. Tenía la costumbre de mirar muy fijo a los transeúntes que se le cruzaban.
Tea dormía desde temprano, cuando el sol apenas caía y se postraba la luna en el regazo de la noche.
Siempre, a la misma hora, escribían. A mano, en papeles amarillos, con tinta negra. Nunca empezaban en la primera línea porque sentían que era el lugar dispuesto para la frase equivocada.
Una a una, sus páginas se llenaban de garabatos sin culpas. Sin calcularlo, cada 8 minutos levantaban la cabeza al unísono y se decían: ya está. Se mentían. Eran necesarios 3 minutos de silencio, de posar la mirada en ninguna parte e invertir otros 15 en llenar de nuevo páginas amarillas con tinta negra formando espacios.
Ese día, Tea, en la primera línea, desubicada entre lo tenue de la luz y el olor del frío, había escrito: Era la primera vez que intentaba bailar el vals.
Uchida, torpemente, había escrito en la segunda línea: No soporto los bailes de salón.
De ahí en adelante, en los gruesos folios que seguían, Tea y Uchida bailaron y dejaron de bailar entre garabatos de tinta negra, perdiéndose en corredores perpendiculares, aislándose. Algún día sabrían del otro, cuando ya necesariamente fuera demasiado tarde y el olor de la sangre y los suspiros vagos y el compás del vals…

2 comentarios:

Juan Mauricio Peña dijo...

Qué chimba.

Juan Mauricio Peña dijo...

Perdón por el entusiasmo, pero está muy bueno.

Qué nombres tan raros... Parecen personajes de videojuego. Tal vez sea así.