Y en el fondo demasiada piedad, yo que me
creía despiadado. No se puede querer lo que quiero, y en la forma en que lo
quiero, y de yapa compartir la vida con los otros. Había que saber estar solo y
que tanto querer hiciera su obra, me salvara o me matara, pero sin la Rue
Dauphine, sin el chico muerto, sin el Club y todo el resto. ¿Vos no creés, che?
El gato no dijo nada.
Rayuela, Capítulo 36. Julio Cortázar.
[Todo y nada
está hecho de palabras. El silencio y la algarabía, como formas infinitas de
expresarnos. Las palabras y su ausencia como compendio de la muerte, la vida,
la transformación]
Hay días
que huelen distinto. No sé si se trata de una consecuencia azarosa de las
múltiples rutas en que el viento enfila sus olores y los lleva y los trae como
mensajes de lugares cercanos o si hay mensajes específicos que deben llegar con
el viento y que no se sabe si uno está preparado para reconocer con el olfato.
Todo estaba
perdido. Ese día olía a que todo estaba perdido. No había marcha atrás, no
había maneras de vaciar la memoria y dejar que la casualidad generara un nuevo
comienzo. Él se lamía las patas y miraba por la ventana que no conducía a
ninguna parte. En algunos momentos maullaba, esperando una respuesta.
Tuve casi
todo el día para empacar todo e irme ordenadamente, sin muchos sobresaltos,
teniendo el control de la situación. Él dormía; entre sueños movía al mínimo
los párpados y se percataba de que aún estuviera por ahí. Pese a eso, empaqué
al final, a borbollones, en medio de un estado de demencia y cierta liberación
de mí, que guiaba a los brazos entre los armarios y los recovecos de las
maletas.
Esperaba
una palabra que me detuviera. Todo estaba perdido. Ese día olía a que todo
estaba perdido. Al menos ese mundo donde besaba su hombro derecho, dormía sobre
su pelo, abrazaba su vientre, olía su nuca; al menos ese mundo donde todo era
feliz solo porque ella llegaba a mi encuentro.
La puerta
parecía definitiva, el adiós para siempre, el irme a buscar horizontes donde la
vida tendría que reconfigurarse y la respuesta a las preguntas usuales de cómo
estás, cómo va tu vida y dónde vives.
Ahí seguía
él y el silencio que a los dos nos envolvía. Bajo el alféizar, yo, con las
maletas y la vida mal empacadas. Pensaba que solo quedaba esa ruta y me
despedía con ese tono de cuando se dice adiós para siempre. Él me miraba, sin
palabras ni maullidos, demasiado quieto para estar vivo del todo, tornándose
foto e imagen estática, tornándose recuerdo y cuerpo sin olor.
Salí
pensando tantas cosas por decir, tantas y tantas sílabas que pude unir para
reunirnos. Salí pensando en la vida y en la muerte, jugando a qué sabía. No
hubo palabras ni mucho ruido. No hubo instantes.
“Había
que saber estar solo y que tanto querer hiciera su obra, me salvara o me matara”.
Pasaron los días sin muchas
palabras. Los días aconsejaban guardar silencio. Hablábamos y hablábamos,
llenándonos de palabras que no decían nada. Yo estaba solo, incompleto. Ella ya
nunca más estaría sola y él seguramente se lamía las patas y maullaba de
cuando en vez. En el fondo de ella, una vida bella nos dibujaba de nuevo los
lazos alrededor de las manos, abría la puerta, sonreía. Ella y yo hablábamos
sin decir nada, el mundo ya se pronunciaba con el silencio que nos acompañaba
en las noches; el mundo aprendió nuevas palabras entonces, las convirtió, las
tradujo, las dejó en alguna parte donde todavía no las encontrábamos.
Hay días
que huelen distinto. Hay días para decirlo todo y no. Hay días para inventar
palabras y días para guardarlas.
[Este día,
con palabras, beso su hombro derecho, duermo sobre su pelo, abrazo su vientre,
huelo su nuca; mis palabras sonríen ahora, cuando llegan a su encuentro.
Entonces, ella me lee/huele]