lunes, 1 de abril de 2013



Y en el fondo demasiada piedad, yo que me creía despiadado. No se puede querer lo que quiero, y en la forma en que lo quiero, y de yapa compartir la vida con los otros. Había que saber estar solo y que tanto querer hiciera su obra, me salvara o me matara, pero sin la Rue Dauphine, sin el chico muerto, sin el Club y todo el resto. ¿Vos no creés, che?
El gato no dijo nada.

 Rayuela, Capítulo 36. Julio Cortázar.

[Todo y nada está hecho de palabras. El silencio y la algarabía, como formas infinitas de expresarnos. Las palabras y su ausencia como compendio de la muerte, la vida, la transformación]


Hay días que huelen distinto. No sé si se trata de una consecuencia azarosa de las múltiples rutas en que el viento enfila sus olores y los lleva y los trae como mensajes de lugares cercanos o si hay mensajes específicos que deben llegar con el viento y que no se sabe si uno está preparado para reconocer con el olfato.

Todo estaba perdido. Ese día olía a que todo estaba perdido. No había marcha atrás, no había maneras de vaciar la memoria y dejar que la casualidad generara un nuevo comienzo. Él se lamía las patas y miraba por la ventana que no conducía a ninguna parte. En algunos momentos maullaba, esperando una respuesta.

Tuve casi todo el día para empacar todo e irme ordenadamente, sin muchos sobresaltos, teniendo el control de la situación. Él dormía; entre sueños movía al mínimo los párpados y se percataba de que aún estuviera por ahí. Pese a eso, empaqué al final, a borbollones, en medio de un estado de demencia y cierta liberación de mí, que guiaba a los brazos entre los armarios y los recovecos de las maletas.

Esperaba una palabra que me detuviera. Todo estaba perdido. Ese día olía a que todo estaba perdido. Al menos ese mundo donde besaba su hombro derecho, dormía sobre su pelo, abrazaba su vientre, olía su nuca; al menos ese mundo donde todo era feliz solo porque ella llegaba a mi encuentro.

La puerta parecía definitiva, el adiós para siempre, el irme a buscar horizontes donde la vida tendría que reconfigurarse y la respuesta a las preguntas usuales de cómo estás, cómo va tu vida y dónde vives.

Ahí seguía él y el silencio que a los dos nos envolvía. Bajo el alféizar, yo, con las maletas y la vida mal empacadas. Pensaba que solo quedaba esa ruta y me despedía con ese tono de cuando se dice adiós para siempre. Él me miraba, sin palabras ni maullidos, demasiado quieto para estar vivo del todo, tornándose foto e imagen estática, tornándose recuerdo y cuerpo sin olor.

Salí pensando tantas cosas por decir, tantas y tantas sílabas que pude unir para reunirnos. Salí pensando en la vida y en la muerte, jugando a qué sabía. No hubo palabras ni mucho ruido. No hubo instantes.

“Había que saber estar solo y que tanto querer hiciera su obra, me salvara o me matara”.

Pasaron los días sin muchas palabras. Los días aconsejaban guardar silencio. Hablábamos y hablábamos, llenándonos de palabras que no decían nada. Yo estaba solo, incompleto. Ella ya nunca más estaría sola y él seguramente se lamía las patas y maullaba de cuando en vez. En el fondo de ella, una vida bella nos dibujaba de nuevo los lazos alrededor de las manos, abría la puerta, sonreía. Ella y yo hablábamos sin decir nada, el mundo ya se pronunciaba con el silencio que nos acompañaba en las noches; el mundo aprendió nuevas palabras entonces, las convirtió, las tradujo, las dejó en alguna parte donde todavía no las encontrábamos. 

Hay días que huelen distinto. Hay días para decirlo todo y no. Hay días para inventar palabras y días para guardarlas. 

[Este día, con palabras, beso su hombro derecho, duermo sobre su pelo, abrazo su vientre, huelo su nuca; mis palabras sonríen ahora, cuando llegan a su encuentro. Entonces, ella me lee/huele]

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