jueves, 19 de mayo de 2011

De día

Volvía un tiempo de esos en los que las cosas parecen infectarse la tristeza. Tragedias en contexto, lágrimas en lagos de otras lágrimas y heridas que se rozan con cortes y lesiones.


Volvía un tiempo de esos que te desgarran la voz y te desgastan la comprensión del mundo. No sé que somos a veces que logramos evadirnos tanto el ser humanos.

Volvía un tiempo de ahogos y de muertes, de derrumbes y engaños, de estafas y promesas vagas. Volátil como una espera que languidece, se erguía la figura del mundo.

Volvías tu, justo ahora, entre sueños, plácida y dejando nacer tu sonrisa de ojos grandes. Dejabas que desde el fondo de ti llegara una voz que me forzaba la saliva, me aceleraba los músculos y me recorría el dolor.

Me decías buenos días, me besabas, me dejabas olvidar que la vida se ensañaba en pervertirnos la fe.

Cualquier día pueden volver el miedo y el terror. Mientras abras los ojos a mi lado y derritas el filo de los tiempos. Mientras reinventemos la manera de mirarnos y el mundo - de paso - y sus enjambres.

jueves, 5 de mayo de 2011

Desprender



La mesa aun estaba puesta y ella recogía con premura los rastros del último cigarrillo para que nada denotara el paso del tiempo. También recogía los platos y los llevaba corriendo al horno, calentándolos un par de minutos, para que estuvieran tibios en tu paladar, cuando llegaras con tu mejor vestido y la sonrisa de ella,  prestada.

No hablábamos. Intercambiábamos balbuceos inútiles sobre la vida de los países que desaparecían en los remolinos de las multinacionales y lo ajeno, especulábamos sobre el clima, nos reíamos de la nueva religión de los medios… con los ojos fijos en la puerta, con la espera aposentada entre las cejas, desviando la mirada para disimular, arreglándonos el cuello, suspirando.

Alguna vez había soñado con que aparecerías en el momento justo del reloj y el calendario, cuando fuera prudente y pareciese que toda la casualidad del instante estuviera apoyada en un intrincado plan maquinado por un algo supraperfecto, que lo habría elegido hace mucho tiempo.

Pensaba que cualquier decisión sobre ti sería una suerte de mensaje divino que sintiéramos adecuado y posible. Que llegarías con las maletas listas y algunas monedas para tu necesidad de dulces y bebidas de Soda.

Ella limpiaba el borde de los platos en ese momento, me preguntaban sus ojos lagrimados si tendría tiempo de ir un par de minutos al baño, antes de que te presentaras aquí. Mi sonrisa a media asta le respondía que sí, que por supuesto, que el mundo siempre podría esperar por ella, porque era ella quien lo ponía a dar vueltas y quien le susurraba con su voz de cercanía las coordenadas del transcurrir.

Era ella tú culpable, tu hacedora.

Lo comprendí entonces y me di fuerza para entender que debía seguir luchando para esperarte, que no debía abandonar el frente de batalla y dejar de lado ese combate de los días, ese delinear las horas para que ella fuera feliz y estuviera dispuesta a recibirte, sin prisas y sin músculos tensos. Me daba cuenta de que no podía atarme a esa casualidad obtusa que ilumina el vaho de la puerta.

Entendí que tendría que levantar la mesa, y salir afuera de nuevo y hablarte como si estuvieras aquí para indicarte un espacio en el tiempo dónde te acunaras con una melodía que me demoraría en componer y en los brazos que me falta fortalecer.

Tendría que retirar el aviso del camino y cerrar las rejas de la puerta. Dejar que pasaras de largo y sonreírte mientras te vas entre la espesura de la arena, buscando una dirección que tal vez recuerdes, mientras te encuentras con nuevas búsquedas y con el retorno a este paraje de encrucijadas.

El resto de esa ruta servirá para que sepas qué te incomoda, y a qué se debe tu ansiedad. Intuirás que la esperas a ella, a sus ojos de luz, a su calor en media luna. Comprenderás que siempre, esperarla a ella valdrá la pena.

Ya vuelve.

No te preocupes. Ya retiré los platos y el cenicero. He abierto las ventanas y cerrado la puerta. La invitaré a caminar o a ver una película por cuarta o quinta vez. Dejaré que el ruido de su risa le de cuerda al mundo.

Sabrás volver a encontrarnos. Ya habré puesto de nuevo el aviso y recordarás con precisión la dirección. Encontrarás los alimentos tibios, la silla esperándote, la puerta abierta. Recordarás traer tu mejor vestido. Su sonrisa, que es la tuya, aliviará tu espera.

jueves, 28 de abril de 2011

POEMA 35



Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler,mi vida,
déjate enlazar de fuego, de silencio ingenuo,
de piedras verdes en la casa de la noche,déjate
caer y doler, mi vida.

Alejandra Pizarnik

martes, 19 de abril de 2011

...


Mi alma es una araña suspendida en el vacío por una liana de aguasal tejida desde el fondo de los ojos, desde esas profundidades me desmadejo hasta tu silencio de estrella, buscando tu amor, tu luz que huye de este puente oscuro que voy tejiendo hasta tu alma con el hilo de los ojos.
Te pierdo en lo que crees que soy, no puedo volar como tú, tengo ocho patas en lugar de alas y mis hilos de araña asquerosa te aprietan tus alitas en mi afán de amarte. Y quieres volar, tu vida no es este rincón oscuro donde tejo el infinito...

jueves, 24 de marzo de 2011

Sin título

Violando los términos de uso aparece aquí esta historia. Jugando a que una palabra que aún no se ha dicho (o que no se dijo, o que se olvidó o que no existe, o que no se quiere decir) es el insumo artificial de estos párrafos, escribo lo siguiente.

Tomamos prestados los gestos. Se ha hecho de noche en este última semana de un lapso no dicho que, para fines de la historia, termina hoy. El tiene los ojos muy abiertos, respira notablemente despacio y mira sus hombros con deseo mientras ella levanta una pesada caja y la pone encima de otra que ya había arrumado.

Se nota, a la distancia, que es una operación repetida por ella y por el. Ha pensado en qué decirle, imagina: sería bueno hablarle de Benedetti, de Girondo, de la Castellanos, que son infalibles; y hacer una que otra alusión a Proust y a Musil, que son tan misteriosos pero tan nombrados y tan siempre seductores por lo poco gastadas que suelen estar las páginas finales de sus libros.

Ella tararea. Un fado o un bolero, un aria o un un tango, absolutamente indiscernible en el lado equivocado del viento. Sin cerrar los ojos ve la montaña nevada al fondo, la chimenea, las sábanas desperdigadas, el olor de los cuerpos que han estado calientes. Saborea la manera en que ignora la sombra detrás de la cortina de la ducha y piensa ya en el capítulo que le queda del libro de conjuros, en la contundente escena de la película que veía ayer, en el color de la bufanda que quedó colgada en el maniquí de esa extraña vitrina a oscuras del almacén del otro lado de la calle.

Solo con efectos prácticos se recuerdan y se ubican. Ella le dice que le alcance la última caja, en donde el ya debería haber terminado de empacar los objetos de las dichas que a ella le son ajenas. El la observa de nuevo, reconociéndola y espera su desespero, sin afán. Entonces ella apropia un gesto de un tendero árabe en un callejón de Túnez, y le insiste. El sonríe la sonrisa de un fauno en un volumen rarísimo y único que reposa en una tienda de antigüedades en Túnez.

No sabe quién es pero le desnuda aún más el hombro y le deja un beso quieto derramado sobre la piel que se eriza. Ella, sin saber su nombre, gime y se inventa una palabra para el otro día, le propone un gesto y vuelve.

Tensan las ropas de la cama, cierran con seguro la puerta. Ella va retrasada a una reunión. El tiene que ir a comprar fresas.

martes, 1 de febrero de 2011

Círculo


Salí anoche a trazar el mapa con algo de espanto. Alcanzaba las paredes con la punta de los dedos, espesa, invisible, fría, amable, rugosa; demasiado indescriptible con el tacto para poder decir con seguridad que era de alguna forma o de algún color en específico.
He soñado después con árboles invisibles y espadas de agua. El sueño era un tanto complejo y casi sospecho que contenía un mensaje fundamental. Yo realmente quería soñar con una llanura tranquila donde cada objeto fuera reconocible y pasivo, en donde me sintiera en un lugar conocido. Quería entonces que esa atmósfera me fuera familiar y que anoche mi sueño hubiera sido ese.
Tengo frío, sospecho que tengo frío. Creo que anoche también tenía frío. Recuerdo ahora las historias leídas acerca de personajes que están en parajes parecidos a este desconocido que habito. Normalmente no saben si sueñan o si son imaginados o si realmente no existen. Ahora quisiera ser uno de ellos y descansar cuando los ojos se apartan de la página, no ser lo que soy ahora, lo que creo que me define de manera cierta y lapidariamente verídica.
Tengo tiempo, puedo pensar en tratar de dibujar el mapa de nuevo, ahora que todavía me acompaña algo de luz. Pero me parece ilógico e inútil cualquier propósito, emprender cualquier tarea. No se trata de fatalidad. Tal vez de pereza.
Pienso. Imagino un camino despejado que me invita a perderme. Al mismo tiempo, con los ojos muy abiertos veo una mujer que camina a lo lejos y que no me esfuerzo en alcanzar. Mis manos sudan. Por los dedos que rozan el suelo se me trepa una hormiga sigilosa que estripo inmediatamente contra mi torso.

No sé que es este instante. No sé que es realmente lo que ocurre. No sé, si tuviera que contarlo,  que es lo que veo, que es lo que me pasa. No sé si me define ahora aplastar a la hormiga, las piernas de la mujer o la tentación del camino. Insisto: no dudo que soy real y estoy aquí, ahora. No dudo de la realidad que me circunda. Pero no puedo pensar con exactitud que la define, o mejor, escoger que la define, si acaso es mi tarea.
He decidido no ponerle tanta atención a lo que ahora pienso. Recuerdo mejor. Exhalo. El otoño del 66, una época dorada en la que el mundo no había decidido sus flancos y la vida empezaba a convulsionarse en la revolución… La primavera de 1811, cuando no existía aún la napoleónica pieza de Tchaikovsky y no importaba el olor ni la piel tersa… Pasado mañana cuando me pregunten por el mapa y yo no tenga ninguna respuesta y vuelva a excusarme y les diga que no puedo ofrecerles café porque mañana habré olvidado ir a conseguirlo en la unidad de racionamiento…
Que refrescante. No he podido encontrar nada igual a andar por los caminillos que han trazado las pisadas de otro, sobre el pasto. Seguir la línea de la carretera me ha parecido siempre demasiado formal y siempre he considerado neurótico el hecho de doblar justo por la antinatural esquina cuadrada, bordeando el ángulo y jugando a la rectitud del trayecto.
No ha funcionado, no he logrado distraerme. Aceptaré este día tal y como pasa. Me vendrá bien algo de conformismo. Dejaré de escribir así. Giros radicales, eso hace falta. Digamos que es de noche en una ciudad sin nombre que no posee un mapa. Digamos que ese mapa no hace falta porque hace tiempo alguien lo ha decidido. Al otro día, alguien tiene que empezar a escribir una historia, pero pensemos en que se queda dormido. Y sueña, y no sonríe.

viernes, 28 de enero de 2011

Dos poemas de Dario Jaramillo Agudelo

Que nadie toque este amor.
Que todos ignoren el sigilo de nuestro cielo nocturno
y el secreto sea el aire dichoso de nuestros plácidos suspiros.
Que ningún extraño contamine el sueño tuyo y el mío:
cualquier visitante es un invasor en el tibio ámbito donde habitamos;
aquí el tiempo es agua fresca en movimiento, apenas sutil vuelo,
y todas las gentes viven muy lejos de nuestro jardín alucinado,
ajenos a nuestro paraíso secreto.

/...../

 
Todo tuyo siempre todavía.
Tuyo todo por siempre hasta hoy y luego,
tuyo siempre porque para ser lo necesito,
siempre todo tuyo,
siempre aunque siempre nunca sea,
todo íntegro tuyo siempre y hasta ahora
más el próximo nuevo instante cada vez.
Con todo el tiempo el mundo a nuestro alcance,
todo el tiempo del mundo que es igual a la próxima noche,
todo tuyo siempre todavía.
Seguro de sobrevivir mañana tuyo,
siempre tuyo desde hoy en cada mañana de mañana.
Enamorado de ti, siempre y ahora, sin recuerdos,
en presente siempre amándote,
eternamente tuyo,
todo tuyo siempre todavía.