Violando los términos de uso aparece aquí esta historia. Jugando a que una palabra que aún no se ha dicho (o que no se dijo, o que se olvidó o que no existe, o que no se quiere decir) es el insumo artificial de estos párrafos, escribo lo siguiente.
Tomamos prestados los gestos. Se ha hecho de noche en este última semana de un lapso no dicho que, para fines de la historia, termina hoy. El tiene los ojos muy abiertos, respira notablemente despacio y mira sus hombros con deseo mientras ella levanta una pesada caja y la pone encima de otra que ya había arrumado.
Se nota, a la distancia, que es una operación repetida por ella y por el. Ha pensado en qué decirle, imagina: sería bueno hablarle de Benedetti, de Girondo, de la Castellanos, que son infalibles; y hacer una que otra alusión a Proust y a Musil, que son tan misteriosos pero tan nombrados y tan siempre seductores por lo poco gastadas que suelen estar las páginas finales de sus libros.
Ella tararea. Un fado o un bolero, un aria o un un tango, absolutamente indiscernible en el lado equivocado del viento. Sin cerrar los ojos ve la montaña nevada al fondo, la chimenea, las sábanas desperdigadas, el olor de los cuerpos que han estado calientes. Saborea la manera en que ignora la sombra detrás de la cortina de la ducha y piensa ya en el capítulo que le queda del libro de conjuros, en la contundente escena de la película que veía ayer, en el color de la bufanda que quedó colgada en el maniquí de esa extraña vitrina a oscuras del almacén del otro lado de la calle.
Solo con efectos prácticos se recuerdan y se ubican. Ella le dice que le alcance la última caja, en donde el ya debería haber terminado de empacar los objetos de las dichas que a ella le son ajenas. El la observa de nuevo, reconociéndola y espera su desespero, sin afán. Entonces ella apropia un gesto de un tendero árabe en un callejón de Túnez, y le insiste. El sonríe la sonrisa de un fauno en un volumen rarísimo y único que reposa en una tienda de antigüedades en Túnez.
No sabe quién es pero le desnuda aún más el hombro y le deja un beso quieto derramado sobre la piel que se eriza. Ella, sin saber su nombre, gime y se inventa una palabra para el otro día, le propone un gesto y vuelve.
Tensan las ropas de la cama, cierran con seguro la puerta. Ella va retrasada a una reunión. El tiene que ir a comprar fresas.
Tomamos prestados los gestos. Se ha hecho de noche en este última semana de un lapso no dicho que, para fines de la historia, termina hoy. El tiene los ojos muy abiertos, respira notablemente despacio y mira sus hombros con deseo mientras ella levanta una pesada caja y la pone encima de otra que ya había arrumado.
Se nota, a la distancia, que es una operación repetida por ella y por el. Ha pensado en qué decirle, imagina: sería bueno hablarle de Benedetti, de Girondo, de la Castellanos, que son infalibles; y hacer una que otra alusión a Proust y a Musil, que son tan misteriosos pero tan nombrados y tan siempre seductores por lo poco gastadas que suelen estar las páginas finales de sus libros.
Ella tararea. Un fado o un bolero, un aria o un un tango, absolutamente indiscernible en el lado equivocado del viento. Sin cerrar los ojos ve la montaña nevada al fondo, la chimenea, las sábanas desperdigadas, el olor de los cuerpos que han estado calientes. Saborea la manera en que ignora la sombra detrás de la cortina de la ducha y piensa ya en el capítulo que le queda del libro de conjuros, en la contundente escena de la película que veía ayer, en el color de la bufanda que quedó colgada en el maniquí de esa extraña vitrina a oscuras del almacén del otro lado de la calle.
Solo con efectos prácticos se recuerdan y se ubican. Ella le dice que le alcance la última caja, en donde el ya debería haber terminado de empacar los objetos de las dichas que a ella le son ajenas. El la observa de nuevo, reconociéndola y espera su desespero, sin afán. Entonces ella apropia un gesto de un tendero árabe en un callejón de Túnez, y le insiste. El sonríe la sonrisa de un fauno en un volumen rarísimo y único que reposa en una tienda de antigüedades en Túnez.
No sabe quién es pero le desnuda aún más el hombro y le deja un beso quieto derramado sobre la piel que se eriza. Ella, sin saber su nombre, gime y se inventa una palabra para el otro día, le propone un gesto y vuelve.
Tensan las ropas de la cama, cierran con seguro la puerta. Ella va retrasada a una reunión. El tiene que ir a comprar fresas.
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