"Conocer el cuerpo de una mujer es una tarea tan lenta y tan encomiable como aprender una lengua muerta. Cada noche se añade una nueva comarca a nuestro placer y un nuevo signo a nuestro ya cuantioso vocabulario. Pero siempre quedarán misterios por desvelar. El cuerpo de una mujer, todo cuerpo humano, es por definición infinito. Uno empieza por tener acceso a la mano, ese apéndice utilitario, instrumental del cuerpo, siempre descubierto, siempre dispuesto a entregarse a no importa quién, que trafica con toda suerte de objetos y ha adquirido, a fuerza de sociabilidad, un carácter casi impersonal y anodino, como el del funcionario o portero del palacio humano. Pero es lo que primero se conoce: cada dedo se va individualizando, adquiere un nombre de familia, y luego cada uña, cada vena, cada arruga, cada imperceptible lunar. Además no es solo la mano la que conoce la mano: también los labios conocen la mano y entonces se añade un sabor, un olor, una consistencia, una temperatura, un grado de suavidad o de aspereza, una comestibilidad. Hay manos que se devoran como el ala de un pájaro; otras se atracan en la garganta como un eterno cadalso. ¿Y qué decir del brazo, del hombro, del seno, del muslo, de…? Apollinaire habla de las Siete Puertas del cuerpo de una mujer. Apreciación arbitraria. El cuerpo de una mujer no tiene puertas, como el mar".
Julio Ramón Ribeyro miércoles, 31 de agosto de 2011
viernes, 19 de agosto de 2011
Conjuro
Realmente nada es perenne. El dos algún día será un poco menos nombrado y caerá en una profunda depresión, como el 64'576.698, tan olvidado, tan triste.
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He encontrado un conjuro. Un conjuro que transforma. No tiene más que letras y signos de compañía y acentos y espacios blancos. Un conjuro en el que creo ahora que lo descubro y lo escribo en cascadas de absurda tiranía de la voz. De esta voz.
Lo de perenne, desligado. No. El tema es concentrarse en que nada es eterno. Somos parte de lo volátil y lo transformable. Como esto. Tu sonrisa al revés, vuelta descontento.
Este conjuro es una forma de eliminar la tristeza, de transformar tus días, de pensar en el tono ideal para referirse a tal párrafo, para sorprenderse, dejarse ir.
Solo necesitas palabras. Estas palabras. Exacto, tus manos en esa posición y tus ojos y ese sonido que ya llega. Ese. Lo has detectado. En este momento el rededor se confabula.
Había una vez un secreto que dicho parecía una canción. Había un silencio abultado en medio de la congestión de las carreras y las calles. Espera. Sigue.
El dolor se ha convertido en un módulo ajustable y sintonizo la forma de contemplarte. Un poco más a la derecha.
En este texto estamos juntos. En los que no lees aún. En este fragmento del día. Cuenta hasta cinco. Respira profundo y estira las piernas.
Hay un olor de mar y no es a sal ni a agua. Hay una brisa ligera que anuncia algo que aparentemente permanece. Tus lágrimas están en otra isla amor mío, llevadas por la marea, tan lejos como puedas imaginar. O tal vez un poco más allá.
Te he distraído de tus lágrimas, de tu dolor, te he arrebatado la tristeza mientras lees. Aquí estoy amor mío. Besando cada gemido, cada llanto. Acompañándolos hasta la última ola.
jueves, 19 de mayo de 2011
De día
Volvía un tiempo de esos en los que las cosas parecen infectarse la tristeza. Tragedias en contexto, lágrimas en lagos de otras lágrimas y heridas que se rozan con cortes y lesiones.
Volvía un tiempo de esos que te desgarran la voz y te desgastan la comprensión del mundo. No sé que somos a veces que logramos evadirnos tanto el ser humanos.
Volvía un tiempo de ahogos y de muertes, de derrumbes y engaños, de estafas y promesas vagas. Volátil como una espera que languidece, se erguía la figura del mundo.
Volvías tu, justo ahora, entre sueños, plácida y dejando nacer tu sonrisa de ojos grandes. Dejabas que desde el fondo de ti llegara una voz que me forzaba la saliva, me aceleraba los músculos y me recorría el dolor.
Me decías buenos días, me besabas, me dejabas olvidar que la vida se ensañaba en pervertirnos la fe.
Cualquier día pueden volver el miedo y el terror. Mientras abras los ojos a mi lado y derritas el filo de los tiempos. Mientras reinventemos la manera de mirarnos y el mundo - de paso - y sus enjambres.
Volvía un tiempo de esos que te desgarran la voz y te desgastan la comprensión del mundo. No sé que somos a veces que logramos evadirnos tanto el ser humanos.
Volvía un tiempo de ahogos y de muertes, de derrumbes y engaños, de estafas y promesas vagas. Volátil como una espera que languidece, se erguía la figura del mundo.
Volvías tu, justo ahora, entre sueños, plácida y dejando nacer tu sonrisa de ojos grandes. Dejabas que desde el fondo de ti llegara una voz que me forzaba la saliva, me aceleraba los músculos y me recorría el dolor.
Me decías buenos días, me besabas, me dejabas olvidar que la vida se ensañaba en pervertirnos la fe.
Cualquier día pueden volver el miedo y el terror. Mientras abras los ojos a mi lado y derritas el filo de los tiempos. Mientras reinventemos la manera de mirarnos y el mundo - de paso - y sus enjambres.
jueves, 5 de mayo de 2011
Desprender
La mesa aun estaba puesta y ella recogía con premura los rastros del último cigarrillo para que nada denotara el paso del tiempo. También recogía los platos y los llevaba corriendo al horno, calentándolos un par de minutos, para que estuvieran tibios en tu paladar, cuando llegaras con tu mejor vestido y la sonrisa de ella, prestada.
No hablábamos. Intercambiábamos balbuceos inútiles sobre la vida de los países que desaparecían en los remolinos de las multinacionales y lo ajeno, especulábamos sobre el clima, nos reíamos de la nueva religión de los medios… con los ojos fijos en la puerta, con la espera aposentada entre las cejas, desviando la mirada para disimular, arreglándonos el cuello, suspirando.
Alguna vez había soñado con que aparecerías en el momento justo del reloj y el calendario, cuando fuera prudente y pareciese que toda la casualidad del instante estuviera apoyada en un intrincado plan maquinado por un algo supraperfecto, que lo habría elegido hace mucho tiempo.
Pensaba que cualquier decisión sobre ti sería una suerte de mensaje divino que sintiéramos adecuado y posible. Que llegarías con las maletas listas y algunas monedas para tu necesidad de dulces y bebidas de Soda.
Ella limpiaba el borde de los platos en ese momento, me preguntaban sus ojos lagrimados si tendría tiempo de ir un par de minutos al baño, antes de que te presentaras aquí. Mi sonrisa a media asta le respondía que sí, que por supuesto, que el mundo siempre podría esperar por ella, porque era ella quien lo ponía a dar vueltas y quien le susurraba con su voz de cercanía las coordenadas del transcurrir.
Era ella tú culpable, tu hacedora.
Lo comprendí entonces y me di fuerza para entender que debía seguir luchando para esperarte, que no debía abandonar el frente de batalla y dejar de lado ese combate de los días, ese delinear las horas para que ella fuera feliz y estuviera dispuesta a recibirte, sin prisas y sin músculos tensos. Me daba cuenta de que no podía atarme a esa casualidad obtusa que ilumina el vaho de la puerta.
Entendí que tendría que levantar la mesa, y salir afuera de nuevo y hablarte como si estuvieras aquí para indicarte un espacio en el tiempo dónde te acunaras con una melodía que me demoraría en componer y en los brazos que me falta fortalecer.
Tendría que retirar el aviso del camino y cerrar las rejas de la puerta. Dejar que pasaras de largo y sonreírte mientras te vas entre la espesura de la arena, buscando una dirección que tal vez recuerdes, mientras te encuentras con nuevas búsquedas y con el retorno a este paraje de encrucijadas.
El resto de esa ruta servirá para que sepas qué te incomoda, y a qué se debe tu ansiedad. Intuirás que la esperas a ella, a sus ojos de luz, a su calor en media luna. Comprenderás que siempre, esperarla a ella valdrá la pena.
Ya vuelve.
No te preocupes. Ya retiré los platos y el cenicero. He abierto las ventanas y cerrado la puerta. La invitaré a caminar o a ver una película por cuarta o quinta vez. Dejaré que el ruido de su risa le de cuerda al mundo.
Sabrás volver a encontrarnos. Ya habré puesto de nuevo el aviso y recordarás con precisión la dirección. Encontrarás los alimentos tibios, la silla esperándote, la puerta abierta. Recordarás traer tu mejor vestido. Su sonrisa, que es la tuya, aliviará tu espera.
jueves, 28 de abril de 2011
POEMA 35
martes, 19 de abril de 2011
...

Mi alma es una araña suspendida en el vacío por una liana de aguasal tejida desde el fondo de los ojos, desde esas profundidades me desmadejo hasta tu silencio de estrella, buscando tu amor, tu luz que huye de este puente oscuro que voy tejiendo hasta tu alma con el hilo de los ojos.
Te pierdo en lo que crees que soy, no puedo volar como tú, tengo ocho patas en lugar de alas y mis hilos de araña asquerosa te aprietan tus alitas en mi afán de amarte. Y quieres volar, tu vida no es este rincón oscuro donde tejo el infinito...
jueves, 24 de marzo de 2011
Sin título
Violando los términos de uso aparece aquí esta historia. Jugando a que una palabra que aún no se ha dicho (o que no se dijo, o que se olvidó o que no existe, o que no se quiere decir) es el insumo artificial de estos párrafos, escribo lo siguiente.
Tomamos prestados los gestos. Se ha hecho de noche en este última semana de un lapso no dicho que, para fines de la historia, termina hoy. El tiene los ojos muy abiertos, respira notablemente despacio y mira sus hombros con deseo mientras ella levanta una pesada caja y la pone encima de otra que ya había arrumado.
Se nota, a la distancia, que es una operación repetida por ella y por el. Ha pensado en qué decirle, imagina: sería bueno hablarle de Benedetti, de Girondo, de la Castellanos, que son infalibles; y hacer una que otra alusión a Proust y a Musil, que son tan misteriosos pero tan nombrados y tan siempre seductores por lo poco gastadas que suelen estar las páginas finales de sus libros.
Ella tararea. Un fado o un bolero, un aria o un un tango, absolutamente indiscernible en el lado equivocado del viento. Sin cerrar los ojos ve la montaña nevada al fondo, la chimenea, las sábanas desperdigadas, el olor de los cuerpos que han estado calientes. Saborea la manera en que ignora la sombra detrás de la cortina de la ducha y piensa ya en el capítulo que le queda del libro de conjuros, en la contundente escena de la película que veía ayer, en el color de la bufanda que quedó colgada en el maniquí de esa extraña vitrina a oscuras del almacén del otro lado de la calle.
Solo con efectos prácticos se recuerdan y se ubican. Ella le dice que le alcance la última caja, en donde el ya debería haber terminado de empacar los objetos de las dichas que a ella le son ajenas. El la observa de nuevo, reconociéndola y espera su desespero, sin afán. Entonces ella apropia un gesto de un tendero árabe en un callejón de Túnez, y le insiste. El sonríe la sonrisa de un fauno en un volumen rarísimo y único que reposa en una tienda de antigüedades en Túnez.
No sabe quién es pero le desnuda aún más el hombro y le deja un beso quieto derramado sobre la piel que se eriza. Ella, sin saber su nombre, gime y se inventa una palabra para el otro día, le propone un gesto y vuelve.
Tensan las ropas de la cama, cierran con seguro la puerta. Ella va retrasada a una reunión. El tiene que ir a comprar fresas.
Tomamos prestados los gestos. Se ha hecho de noche en este última semana de un lapso no dicho que, para fines de la historia, termina hoy. El tiene los ojos muy abiertos, respira notablemente despacio y mira sus hombros con deseo mientras ella levanta una pesada caja y la pone encima de otra que ya había arrumado.
Se nota, a la distancia, que es una operación repetida por ella y por el. Ha pensado en qué decirle, imagina: sería bueno hablarle de Benedetti, de Girondo, de la Castellanos, que son infalibles; y hacer una que otra alusión a Proust y a Musil, que son tan misteriosos pero tan nombrados y tan siempre seductores por lo poco gastadas que suelen estar las páginas finales de sus libros.
Ella tararea. Un fado o un bolero, un aria o un un tango, absolutamente indiscernible en el lado equivocado del viento. Sin cerrar los ojos ve la montaña nevada al fondo, la chimenea, las sábanas desperdigadas, el olor de los cuerpos que han estado calientes. Saborea la manera en que ignora la sombra detrás de la cortina de la ducha y piensa ya en el capítulo que le queda del libro de conjuros, en la contundente escena de la película que veía ayer, en el color de la bufanda que quedó colgada en el maniquí de esa extraña vitrina a oscuras del almacén del otro lado de la calle.
Solo con efectos prácticos se recuerdan y se ubican. Ella le dice que le alcance la última caja, en donde el ya debería haber terminado de empacar los objetos de las dichas que a ella le son ajenas. El la observa de nuevo, reconociéndola y espera su desespero, sin afán. Entonces ella apropia un gesto de un tendero árabe en un callejón de Túnez, y le insiste. El sonríe la sonrisa de un fauno en un volumen rarísimo y único que reposa en una tienda de antigüedades en Túnez.
No sabe quién es pero le desnuda aún más el hombro y le deja un beso quieto derramado sobre la piel que se eriza. Ella, sin saber su nombre, gime y se inventa una palabra para el otro día, le propone un gesto y vuelve.
Tensan las ropas de la cama, cierran con seguro la puerta. Ella va retrasada a una reunión. El tiene que ir a comprar fresas.
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