La mesa aun estaba puesta y ella recogía con premura los rastros del último cigarrillo para que nada denotara el paso del tiempo. También recogía los platos y los llevaba corriendo al horno, calentándolos un par de minutos, para que estuvieran tibios en tu paladar, cuando llegaras con tu mejor vestido y la sonrisa de ella, prestada.
No hablábamos. Intercambiábamos balbuceos inútiles sobre la vida de los países que desaparecían en los remolinos de las multinacionales y lo ajeno, especulábamos sobre el clima, nos reíamos de la nueva religión de los medios… con los ojos fijos en la puerta, con la espera aposentada entre las cejas, desviando la mirada para disimular, arreglándonos el cuello, suspirando.
Alguna vez había soñado con que aparecerías en el momento justo del reloj y el calendario, cuando fuera prudente y pareciese que toda la casualidad del instante estuviera apoyada en un intrincado plan maquinado por un algo supraperfecto, que lo habría elegido hace mucho tiempo.
Pensaba que cualquier decisión sobre ti sería una suerte de mensaje divino que sintiéramos adecuado y posible. Que llegarías con las maletas listas y algunas monedas para tu necesidad de dulces y bebidas de Soda.
Ella limpiaba el borde de los platos en ese momento, me preguntaban sus ojos lagrimados si tendría tiempo de ir un par de minutos al baño, antes de que te presentaras aquí. Mi sonrisa a media asta le respondía que sí, que por supuesto, que el mundo siempre podría esperar por ella, porque era ella quien lo ponía a dar vueltas y quien le susurraba con su voz de cercanía las coordenadas del transcurrir.
Era ella tú culpable, tu hacedora.
Lo comprendí entonces y me di fuerza para entender que debía seguir luchando para esperarte, que no debía abandonar el frente de batalla y dejar de lado ese combate de los días, ese delinear las horas para que ella fuera feliz y estuviera dispuesta a recibirte, sin prisas y sin músculos tensos. Me daba cuenta de que no podía atarme a esa casualidad obtusa que ilumina el vaho de la puerta.
Entendí que tendría que levantar la mesa, y salir afuera de nuevo y hablarte como si estuvieras aquí para indicarte un espacio en el tiempo dónde te acunaras con una melodía que me demoraría en componer y en los brazos que me falta fortalecer.
Tendría que retirar el aviso del camino y cerrar las rejas de la puerta. Dejar que pasaras de largo y sonreírte mientras te vas entre la espesura de la arena, buscando una dirección que tal vez recuerdes, mientras te encuentras con nuevas búsquedas y con el retorno a este paraje de encrucijadas.
El resto de esa ruta servirá para que sepas qué te incomoda, y a qué se debe tu ansiedad. Intuirás que la esperas a ella, a sus ojos de luz, a su calor en media luna. Comprenderás que siempre, esperarla a ella valdrá la pena.
Ya vuelve.
No te preocupes. Ya retiré los platos y el cenicero. He abierto las ventanas y cerrado la puerta. La invitaré a caminar o a ver una película por cuarta o quinta vez. Dejaré que el ruido de su risa le de cuerda al mundo.
Sabrás volver a encontrarnos. Ya habré puesto de nuevo el aviso y recordarás con precisión la dirección. Encontrarás los alimentos tibios, la silla esperándote, la puerta abierta. Recordarás traer tu mejor vestido. Su sonrisa, que es la tuya, aliviará tu espera.